3 prioridades para los padres cristianos

¿Qué debe hacer un padre? Sabemos que Dios nos dice que criemos a nuestros hijos en la disciplina y la instrucción del Señor; eso lo entendemos. ¿Pero cómo es eso en la práctica? ¿Cómo podemos materializar esa simple pauta?

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Hace poco estaba leyendo 1 Tesalonicenses y una vez más llegué a uno de mis pasajes favoritos. En esta carta, Pablo aborda preocupaciones específicas planteadas por la congregación en Tesalónica. Al parecer, uno de los asuntos que ellos querían que Pablo abordara incluía la simple pregunta sobre la vida cristiana: ¿cómo vivimos una vida que agrade a Dios? La parte más significativa de la respuesta de Pablo a esa pregunta llega en el capítulo 4.

Me impacta cuando lo leo: ¿no es esta la pregunta que hacemos acerca de nuestros hijos? ¿Cómo pueden ellos vivir una vida agradable para Dios? ¿No es el sueño y deseo de cada padre cristiano que sus hijos lleven vidas que alegren a Dios? En esta sección de su carta, Pablo proporciona tres prioridades. Las prioridades que ofrece Pablo a esta iglesia cristiana del siglo I pueden ser útiles para los padres cristianos del siglo XXI.

 

La importancia de la pureza sexual

La primera prioridad que Pablo destaca es la prioridad del conocimiento y la pureza sexual: el conocimiento de los propósitos de Dios en la sexualidad y dedicación a la obediencia. Él dice: «La voluntad de Dios es que sean santificados; que se aparten de la inmoralidad sexual» (v. 3), y prosigue describiendo la importancia del autocontrol sexual. Aquí claramente está continuando una enseñanza anterior donde les habló acerca del propósito de Dios para la sexualidad. Él vincula la santidad de ellos directamente con su pureza, dejando claro que el único tipo de vida que honra a Dios es una vida de abstinencia del pecado y de búsqueda de santas expresiones de la sexualidad. Sin duda estas eran importantes instrucciones para convertidos recientes que vivían en una sociedad licenciosa que permitía y celebraba muchas formas de depravación. Incluso advierte que el pecado tendrá consecuencias inmediatas y quizá incluso eternas (v. 6) y les recuerda que el Espíritu Santo habita en ellos y les advierte internamente acerca de tales actos (8). «Dios no nos llamó a la impureza, sino a la santidad» (7).

De manera similar, los padres tienen la responsabilidad de enseñar y entrenar a sus hijos para que entiendan la importancia de la pureza sexual y, antes que eso, el enorme bien que es la sexualidad humana. Deben disciplinar así como instruir, enseñando lo que Dios requiere y estando dispuestos a corregir a sus hijos cuando van en contra de tales instrucciones. En una época de revolución moral y terrible confusión sexual, ningún padre preocupado puede descuidar el capacitar a sus hijos con un sólido conocimiento de la perspectiva de Dios sobre la sexualidad.

 

La prioridad de la iglesia local

Después que Pablo habla de la importancia de la pureza sexual, avanza hacia la prioridad de la iglesia local como el campo misionero del cristiano para el amor. «En cuanto al amor fraternal, no necesitan que les escribamos, porque Dios mismo les ha enseñado a amarse unos a otros. En efecto, ustedes aman a todos los hermanos que viven en Macedonia. No obstante, hermanos, les animamos a amarse aún más…» (vv. 9-10). Estos creyentes eran un retrato del amor cristiano, expresando el amor dentro de su asamblea local que luego desbordaba en actos de amor para la comunidad cristiana más amplia. Con todo, Pablo sabía que allí donde el amor no está creciendo, está menguando. Él sabía que el amor nunca se acaba porque los actos de amor posibles nunca se acaban. Así que los incentivó a hacer del amor una prioridad, comenzando ahí en la propia iglesia local.

Aquí podemos aprender la importancia de enseñar a nuestros hijos a priorizar la iglesia local, y de enseñar a nuestros hijos a ver la iglesia no solo como un lugar de adoración, sino como un lugar de amor: un lugar donde expresar amor a otros cristianos. ¿Saben tus hijos que la iglesia local es absolutamente fundamental para el plan de Dios para nosotros, para ellos? ¿Saben que no somos meros consumidores de adoración sino dispensadores de amor? (Es alentador observar que esta iglesia escuchó a Pablo; ver 2 Tesalonicenses 1:3).

 

La dignidad del trabajo arduo

Luego de hablarle a la iglesia acerca de las prioridades de la pureza sexual y la comunión de la iglesia local, Pablo los anima a «procurar vivir en paz con todos, a ocuparse de sus propias responsabilidades y a trabajar con sus propias manos. Así les he mandado» (v. 11). Este es un llamado a creer en la dignidad del trabajo y, sobre esa base, a trabajar arduamente. En una iglesia que aparentemente luchaba con la pereza y la intromisión (ver también 5:14, y 2 Tesalonicenses 3:6-15), Pablo les mandó que se conformaran con ser desconocidos y pasar inadvertidos excepto por su arduo trabajo. Este trabajo era valioso pues proveía evidencia de su profesión de fe («para que por su modo de vivir se ganen el respeto de los que no son creyentes») y como otra expresión de amor a otros cristianos («y no tengan que depender de nadie»). Por medio de su arduo trabajo ellos mostrarían el poder del evangelio y podrían evitar una perezosa dependencia de la iglesia.

Nuestros hijos necesitan aprender que Dios nos creó para trabajar y que toda labor tiene dignidad. El propio Pablo, aunque era pastor y erudito, miembro de la élite e intelectual, no se avergonzaba de trabajar con sus manos para proveer para sus propias necesidades. Pablo sabía esto: el pecado crece en la tierra del ocio, y la negativa a trabajar manifiesta una disposición al pecado. Sin duda él habría concordado con Spurgeon, quien dijo: «Los ociosos tientan al diablo a tentarlos». Gran parte del pecado de nuestros hijos, especialmente a medida que crecen, se puede atribuir al ocio, a las largas noches de pereza, a una su renuencia a dedicarse al trabajo arduo.

Por supuesto, necesitamos enseñarles mucho más que estas tres cosas a nuestros hijos, pero la instrucción de Pablo a la iglesia en Tesalónica, su respuesta a «¿cómo vivimos una vida que agrade a Dios?», nos da un gran lugar donde comenzar, un conjunto de prioridades aplicables a todo padre. La paternidad es más que esto, sin duda, pero no debe ser menos.