5 advertencias para aquellos que solo aparentan ser piadosos

En cada uno de nosotros existe una peligrosa tentación hacia la hipocresía, a ser una cosa pero aparentar ser otra. En la iglesia hay muchos que son hipócritas, personas que afirman que son cristianas pero de hecho son incrédulos que intentan convencer a los demás (y quizá a sí mismos) de que son seguidores de Jesucristo. Son personas que no practican la verdadera virtud, sino que más bien ofrecen versiones falsificadas de la misma. Judas los compara con nubes sin agua, porque parecen estar llenos del Espíritu pero en realidad carecen de la verdadera piedad.

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Estas son cinco serias advertencias para aquellos que solo aparentan ser piadosos:

La hipocresía irrita a Dios. Dios detesta la hipocresía y a los hipócritas (como he escrito en otro lugar) porque la hipocresía abusa de la religión, aprovechándose de sus leyes y decretos para beneficio propio. El hipócrita quiere la religión —incluso la fe cristiana— solo por las ganancias que obtiene de ella. No logra volver de verdad su corazón a Dios y hacer el bien al pueblo de Dios. Lleva a Cristo en su Biblia, pero no en su corazón. Sirve al diablo mientras lleva el uniforme de Cristo. Él será condenado por Dios.

La hipocresía es autoengaño. Muchos hipócritas se engañan a sí mismos, pensando que sus actos hipócritas son evidencia de la verdadera piedad o, lo que es peor, que tienen la capacidad de merecer el favor de Dios. La persona que colecciona dinero falso solo se perjudica a sí misma. La persona que acumula una piedad falsificada le causa el mayor daño a su propia alma. «El hipócrita engaña a otros mientras vive, pero se engaña a sí mismo cuando muere».

La hipocresía es ofensiva para Dios y los hombres. Los incrédulos odian al hipócrita porque se hace pasar por piadoso; Dios lo odia porque meramente parece piadoso. Los incrédulos son engañados por su fachada de piedad y lo odian por ello; Dios ve a través de esa fachada y lo odia por no tener más que eso. El hipócrita pierde en todos los ámbitos, porque se vuelve enemigo de los incrédulos y de Dios. «Los malvados odian al hipócrita porque este es casi un cristiano, y Dios lo odia porque solo casi lo es».

La hipocresía es inútil. El hipócrita puede esforzarse arduamente en esta vida, pero en cuanto muera lo perderá absolutamente todo. La única recompensa que podrá disfrutar será en esta vida, porque ciertamente será condenado en la muerte. Puede que hoy gane aplausos, pero en el juicio solo recibirá castigo.

La hipocresía no trae consuelo en la muerte. Las personas que solo han pintado su depravación con un fino barniz de santidad falsificada se hallarán sin esperanza y sin consuelo en su lecho de muerte. La escasa santidad conduce a una escasa felicidad.

La hipocresía es un horrible pecado y uno que Dios desprecia. No obstante, aún hay esperanza para el hipócrita, y las palabras de Pablo deberían resonar en sus oídos: «¿No ves que desprecias las riquezas de la bondad de Dios, de su tolerancia y de su paciencia, al no reconocer que su bondad quiere llevarte al arrepentimiento?» (Romanos 2:4). Aquellos que se vuelven a Cristo arrepentidos y con fe serán limpiados de todo pecado, incluido este. Y entonces el Espíritu Santo morará en ellos para que puedan ser limpiados de ese delgado barniz de santidad y en su lugar sean verdaderamente santos.

En cuanto a quienes realmente creemos, pero todavía luchamos con la tentación a la hipocresía, oremos con Thomas Watson: «Señor, permíteme ser cualquier cosa que no sea un hipócrita», porque dos corazones lo excluirán a uno del cielo. Bien podemos preguntar: «¿De qué le servirá a un hombre, cuando esté en el infierno, que los demás piensen que está en el cielo?».

 

Este artículo fue extraído del libro The Godly Man’s Picture, de Thomas Watson, el cual estamos leyendo con un grupo de personas como parte de mi esfuerzo continuo de leer clásicos juntos.