5 razones por las que comemos en familia

Es uno de mis recuerdos más claros de la secundaria. Era mi último año de secundaria pero el primero en Ancaster Public High School. Estaba en la clase de sociología cuando el profesor preguntó lo siguiente: ¿cuántos aquí cenan en familia al menos dos veces a la semana? Dos de nosotros levantamos la mano, yo y el único otro cristiano en la clase. Todos los demás contaron que su familia se dispersaba por la casa, reunidos en torno a los distintos televisores. Eso me impactó, porque yo solo había conocido cenas en familia. No se me había ocurrido que pudiera haber otra forma. 

Become a Patron

Comer juntos fue una tradición que Aileen y yo adoptamos y, solo con excepciones ocasionales, es una que mantenemos hoy. Estas son algunas razones por las que priorizamos el comer juntos.

Nos mantiene saludables

Tener comidas familiares se asocia con la salud física, y comemos juntos como un medio de mantener a la familia saludable. Un estudio reciente descubrió que los niños que no comen con sus padres al menos una vez a la semana tienen un 40 más de posibilidades de ser obesos. Esto puede ser porque la familia come comida de restaurante en vez de comida preparada en casa. Hace poco escuché que la comida de restaurante tiene un 60 por ciento más de calorías que un plato preparado en casa. O puede ser porque a los niños se les permite preparar sus propias comidas y tender hacia lo conveniente: casi siempre comida preparada baja en nutrientes y alta en calorías. Cuando comemos juntos, comemos la misma comida, y Aileen tiene el cuidado de preparar comidas a la vez nutritivas y deliciosas (aunque, para ser honesto, los niños no siempre están tan convencidos como nosotros de los sabrosas que son las comidas).

Nos mantiene relacionalmente saludables

A causa de nuestros ajetreados horarios, normalmente solo podemos garantizar una comida juntos cada día. Cuando tenemos esta comida, tratamos de asegurarnos de que tenga valor relacional, no solo nutritivo. Es aquí donde podemos hacer una pausa y simplemente hablar como familia. Es aquí donde hablamos de lo que experimentamos en el día y los planes que tenemos para el día siguiente. Nos sentamos y hablamos de cualquier cosa que sea interesante o importante para nosotros; las niñas escuchan la experiencia de su hermano en su paso por la secundaria, mientras que él escucha sobre mi día laboral, y Aileen nos cuenta que hizo ese día. Esto nos mantiene a todos en contacto e incrementa nuestra salud relacional. Aunque todos pudiéramos preferir tomar el plato e irnos, tomarse la molestia por causa de los demás tiene un valor.

Nos mantiene espiritualmente saludables

Comer juntos también es una parte importante de la salud espiritual de nuestra familia. A través de los años, nos ha resultado casi imposible realizar devocionales familiares a menos que comamos juntos; sencillamente no tenemos la oportunidad o la disciplina para crear la oportunidad. Así que asociamos estrechamente el comer juntos con los devocionales familiares. Comenzamos nuestras comidas orando para agradecer a Dios por su provisión. Terminamos nuestras comidas leyendo un breve pasaje de la Biblia juntos, hablando sobre él y orando una vez más para pedir la bendición de Dios sobre nosotros. Esta es una parte crucial de la salud y el entrenamiento espiritual de nuestra familia. Lentamente, día a día y año tras año, los niños son expuestos a Dios y su Palabra por medio de estos breves momentos de adoración.

Nos mantiene financieramente saludables

Comer fuera de casa es caro, y quizá más aquí en Canadá que en cualquier otro lugar. Comer alimentos preparados también es caro, especialmente cuando se consideran muchos y variados gustos. La solución por lejos más económica es preparar nuestra propia comida, comer lo mismo, y comerlo juntos. Aileen planifica bien, compra cuidadosamente, usa lo que compra, y nos cocina comidas geniales y económicas.  

Nos mantiene conductualmente saludables

Bueno, quizá esté forzando mucho el tema de lo «saludable», pero voy a explicar lo que trato de decir. Un estudio tras otro demuestra una correlación entre comer a solas y la rebeldía, de modo que los adolescentes que no comen con sus familias muchas veces están más propensos a involucrarse en el alcohol, las drogas, y otras conductas destructivas. Aunque el comer en familia no es una garantía contra la rebeldía, sí provee un medio para prevenirla, detectarla y reaccionar a ella. El autor de un estudio escribe: «Si bien el abuso de sustancias puede golpear a cualquier familia, independientemente de la etnia, recursos, edad, o género, el involucramiento de los padres fomentado en la mesa puede ser una simple y efectiva herramienta para ayudar a prevenirlo».

En consecuencia, comemos juntos tan a menudo como sea posible y tratamos de sacarle el mayor provecho. Ahora bien, seamos claros y realistas: somos un grupo de pecadores, como cualquier otra familia, y estamos ocupados como cualquier otra familia. A veces no podemos comer juntos, a veces estamos apurados y no tenemos tiempo para leer la Biblia juntos. A veces apenas soportamos mirarnos unos a otros, la conversación avanza al borde de la cortesía, y los niños al parecer quieren arrancarse la cabeza mutuamente. Pero evaluamos en el largo plazo, no en el corto, y seguimos comiendo juntos noche tras noche. Seguimos considerándolo una gran bendición.