Aquella que no será nombrada

Uno nunca sabe adónde lo llevará el estudio bíblico. Uno nunca entiende la perfección con que Dios ha entretejido su Palabra hasta que sigue una sola hebra de un autor a otro, de una cultura a otra, de un milenio a otro, y uno ve que la revelación que Dios hace de sí mismo es tan perfectamente coherente. Hace poco seguí una hebra que comenzaba en una epístola del Nuevo Testamento y luego pasaba entre antiguos sacerdotes y profetas, culturas y reinos, hasta que finalmente envolvía la vida del rey David. Y aquí encontré algo que me desafió, algo que creo que también puede desafiarte a ti. Es algo que tiene una estrecha relación con una situación que enfrentamos ahora, miles de años más tarde.

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El infame acto de adulterio del rey David ha sido por mucho tiempo un estudio de caso acerca de la naturaleza de la tentación. A causa de las consecuencias que trajo a su vida, su familia y el reino, también ha sido considerado como un estudio de caso de los terribles estragos del pecado. En tanto que cada generación ha lidiado con los pecados de su época, la depravación de David ha provisto nuevas y oportunas lecciones, nuevas advertencias y nuevas reprensiones.

De seguro ya sabes cómo se desarrolla la historia. Mientras David pasea por la azotea una tarde de primavera, avista a una mujer bañándose, una mujer singularmente bella y deseable. Cuando David investiga, se entera de que ella es también singularmente vulnerable, debido a que su esposo está lejos, peleando la guerra de David. «Entonces David ordenó que la llevaran a su presencia y, cuando Betsabé llegó, él se acostó con ella» (2 Samuel 11:4). Poco después, ella le informaría a David que estaba embarazada de un hijo de él. El adulterio llevaría al homicidio, haciendo de esta una horrible y maligna historia de pecado engendrando cada vez más pecado.

Resulta un fascinante estudio observar la diferencia entre comentarios más antiguos y más recientes en lo que respecta al rol de Betsabé en lo que aconteció. Al hacerlo, se observa que muchos de los comentaristas más antiguos le atribuyen cierta medida de culpa a ella. ¿Qué hacía bañándose en ese momento y lugar? ¿Acaso no vino de buena gana cuando el rey la convocó a su palacio? ¿No demostró más tarde ser una formidable mujer que procuraba que su hijo fuera el sucesor de David (ver 1 Reyes 1)? ¡Quizá ella era la victimaria y él la víctima!

Por el contrario, los comentaristas más modernos le atribuyen (correctamente, creo yo) toda la responsabilidad a David. La ESV Study Bible al parecer se apega al texto de 2 Samuel 11 y ofrece la mejor mirada de la naturaleza humana cuando dice: «Dado el elaborado intento que hace David (vv. 6-13) para encubrir el acto inicial de su adulterio, es altamente improbable que él dejara claras sus intenciones cuando convocó a Betsabé. Probablemente David investiga el bienestar de la familia de su general de confianza durante la ausencia de Urías y le da a la esposa de Urías el honor de una entrevista privada, incluso enviando mensajeros (plural) para invitar a Betsabé». No hay indicio en el texto de que Betsabé sea algo más que la víctima involuntaria de la explotación sexual del rey.

Betsabé responde diligentemente a la convocación del rey y es solo cuando ella llega que David aclara sus intenciones. Para entonces, él ha hecho a un lado todo autocontrol y ahora tomará lo que ha determinado que debe tener. Walter Brueggemann deduce esto tanto de las palabras como del estilo de la narración:

La acción es rápida. Los verbos corren a medida que corre la pasión de David. Él envió; él tomó; él se acostó (v. 4). El acto real de autocomplacencia no demora mucho. No hay adornos en la acción. Luego la mujer también recibe algunos verbos: ella regresó, ella concibió. La acción es muy ruda. No hay más que acción. No hay conversación. No hay ningún indicio de cuidado, de afecto, de amor: solo lujuria.

David tiene un repentino arrebato de deseo sexual y actúa de manera temeraria e impulsiva. Ya sea por la fuerza o por seducción, toma lo que no le pertenece. Luego el hecho ha concluido y en ese preciso momento podemos hacer una observación acerca de un pequeño detalle en el texto. Después de la descripción del acto de David en el texto, este dice «la mujer concibió» (RV95). Brueggemann señala que «David no la llama por su nombre, ni siquiera le habla. Al final del encuentro, ella solo es “la mujer” (v. 5)». ¿Solo «la mujer»? ¿Por qué? Ya nos la habían presentado como Betsabé, hija de Eliam, esposa de Urías el hitita, pero ahora, después de la consumación del acto, ella solo es «la mujer». Ella solo se ha convertido en «aquella que no será nombrada».

¿Por qué? Porque David no la había tratado como persona. La despojó de su humanidad cuando la despojó de su ropa. Le robó su dignidad mediante su propia brutalidad. Y aquí es donde podemos sacar una lección para el siglo XXI, especialmente en lo que respecta a la plaga de la pornografía. Las personas que actúan la pornografía tienen nombres falsos o ningún nombre. No tienen familia, ni historia, ni sueños, ni futuro. No poseen realidad ni humanidad. Carecen de todo esto porque en la mente de aquellos que los desean ellos no son plenamente humanos. Son rostros sin nombre, cuerpos sin persona. Aquellos que los explotan los despojan de su ropa para despojarlos de su humanidad. Para hacer lo que hacen con ellos, para tomar lo que toman de ellos, primero deben arrebatarles su humanidad. Este es el precio de la obsesión, la compulsión, y la explotación. Estas mujeres también son «aquella que no será nombrada».