Conócete a ti mismo

El centro mismo de la condición humana es una deficiente evaluación de sí mismo. Pensamos demasiado en nosotros mismos, y pensamos demasiado de nosotros mismos. Sobrevaloramos nuestra importancia y subestimamos nuestra depravación. En última instancia, nos elevamos al lugar reservado para Dios.

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Frente a semejante demencia, necesitamos saber quiénes somos realmente. Necesitamos una correcta evaluación de nosotros mismos.

¿Quién soy? Es una pregunta que todos nos hemos hecho en un momento u otro, al menos en una de sus variantes. Y cada hombre tiene su propia respuesta. Cada filosofía y cada religión tiene su propia respuesta.

La mayoría de ellas me dice que mire dentro de mí mismo. Me dicen que mire en mi interior, que me examine buscando la verdad, que me examine en busca de mi propia identidad. Pero yo siento que nunca la encuentro; siento que no puedo localizarla realmente. La mera convicción de que puedo hallar respuestas dentro de mí es una prueba de mi deficiente autoevaluación. La simple realidad es que no puedo conocerme a mí mismo como soy realmente. Soy demasiado ciego para verme a mí mismo, estoy demasiado perdido para hallarme a mí mismo.

Esto es lo que he aprendido: para conocerme a mí mismo, necesito mirar fuera de mí mismo. Mi mejor evaluación de mí mismo no viene del interior sino del exterior. No se origina en mí sino en Dios.

La Biblia es un tesoro invaluable debido a lo que me enseña acerca de Dios, pero es igualmente valiosa por lo que me enseña acerca de mí mismo. No solo revela la verdad acerca de la divinidad, sino también acerca de la humanidad.

Si quiero saber quién soy, si quiero saber por qué existo, si quiero saber dónde me he equivocado, si quiero conocer mi más profundo significado y propósito, si quiero evaluarme adecuadamente, necesito mirar fuera de mí. No puedo saber estas cosas sin que Dios hable a través de su Palabra. La Biblia es distinta a cualquier otro libro en esto: mientras yo leo todos los demás libros, la Biblia me lee a mí[*].

 

Examíname, oh Dios, y sondea mi corazón;

ponme a prueba y sondea mis pensamientos.

Fíjate si voy por mal camino,

y guíame por el camino eterno.

(Salmo 139:23-24)

La Biblia me examina y me dice dónde he errado. Me analiza y me dice lo que necesito. Prueba y evalúa cada uno de mis pensamientos y actitudes. En definitiva, me lee y me dice quién soy.

¿Quién soy? Nunca lo sabré hasta que abra la Biblia y pregunte.

 

[*] Creo que he escuchado esa frase, o una similar, atribuida a R. C. Sproul, pero no logré ubicarla.