¿Cuál es el propósito de… el sexo?

Nuestra cultura está dominada por el sexo, obsesionada con el sexo, saturada de sexo. A veces pareciera que adondequiera que vayamos somos confrontados con mensajes acerca de la sexualidad. Gran parte de estos mensajes son falsos, desorientadores y sencillamente perturbadores. No obstante, un poco de perspectiva histórica puede ser útil, porque cuando miramos el pasado lejano vemos que la cultura en el tiempo de la iglesia primitiva estaba igualmente obsesionada y saturada de sexo. Por este motivo, los autores bíblicos necesitaban abordar el asunto, y lo hicieron muy bien. Nos dejaron escaso margen de duda respecto al correcto significado, el mayor propósito, y la legítima expresión de la sexualidad.

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En la serie titulada «¿Cuál es el propósito de…?», ya hemos respondido «¿Cuál es el propósito del matrimonio?» y ahora estamos preparados para responder «¿Cuál es el propósito del sexo?». Comenzaremos observando tres perspectivas comunes pero falsas del sexo.

 

Perspectivas comunes del sexo

La primera perspectiva es la que podríamos llamar la perspectiva del apetito. Esta insiste en que el sexo es muy similar a la comida y que es un mero apetito natural que nuestros cuerpos requieren. Al ser así, somos libres para satisfacerlo como nos plazca. Si bien hoy es común, esta mirada ha existido a través de las épocas, e incluso encontramos al apóstol Pablo refutándola en su primera carta a los Corintios. Ellos usaban el lema: «Los alimentos son para el estómago y el estómago para los alimentos» (1 Corintios 6:13a) para razonar que el sexo no tiene mayor propósito que satisfacer los apetitos corporales y, por lo tanto, la expresión sexual de cualquier tipo no tiene gran relevancia moral. Restringir el sexo a quienes lo desean es un mal moral similar a restringir el alimento a un niño con hambre.

La segunda perspectiva común es lo que podríamos llamar la perspectiva del afecto. Esta afirma que el sexo es una mera expresión del afecto mutuo y, por tanto, los sentimientos son el motivo más legítimo para tener sexo (y tal vez el único motivo legítimo). Según esta mirada, la fornicación, el adulterio, la expresión homosexual, o cualquier otra forma de sexualidad que Dios prohíbe es aceptable con tal de que sea una genuina expresión de los sentimientos. Los que participan de estos actos «no pueden evitar» expresar su sexualidad de esta forma. Las personas que sostienen esta postura suelen ir tan lejos como para afirmar que es incorrecto que un matrimonio permanezca junto cuando han dejado de amarse, pues los sentimientos son el fundamento de una relación sexual.

La tercera perspectiva es lo que podríamos llamar la perspectiva de la realización. Esta afirma que el sexo es una forma de encontrarse a uno mismo y expresar lo que somos. Tim Keller lo resume de esta forma: «Esta… perspectiva ve el sexo como una forma crítica de autoexpresión, una forma de “ser uno mismo” y “encontrarse a sí mismo”. En esta mirada, el individuo puede desear usar el sexo dentro del matrimonio y formar una familia, pero eso es decisión del individuo. El sexo es primordialmente para la satisfacción y auto-realización del individuo, comoquiera que él o ella desee practicarlo». En consecuencia, la moralidad de cualquier acto sexual solo depende de si produce felicidad y auto-realización para quienes lo llevan a cabo. Si se lleva al extremo, esta postura vuelve la castidad y la monogamia simplemente inmorales, porque son expresiones de auto-negación en vez de auto-realización.

 

Exposición del error

Estas perspectivas son atractivas porque cada una contiene elementos de verdad. Es sabio exponer el error que pervierte a cada una de ellas.

Efectivamente tenemos un apetito natural por el sexo. No obstante, este apetito es dado por Dios y se debe usar de formas que estén de acuerdo con su propósito. La respuesta de Pablo a la iglesia de Corinto nos dice por qué esta perspectiva es tan peligrosa. Él comienza citando las palabras de ellos, pero de inmediato las refuta: «“Los alimentos son para el estómago y el estómago para los alimentos”; así es, y Dios los destruirá a ambos. Pero el cuerpo no es para la inmoralidad sexual, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Corintios 6:13). Si bien es cierto que Dios nos ha hecho seres sexuales y nos ha dado un apetito natural por el sexo, debemos recordar que el sexo es idea y regalo de Dios. Como creador de nuestro cuerpo y autor del sexo, es Dios quien determina cómo se debe expresar el regalo, y es a Dios a quien finalmente rendiremos cuentas por la forma en que lo usamos. Dios nos ha hecho para él, y no tenemos derecho a usar sus regalos para propósitos que lo deshonren a él.

La perspectiva del afecto captura adecuadamente el hecho de que el amor y el afecto son un componente esencial de la sexualidad saludable. Pero se equivoca al suponer que nuestros deseos o sentimientos son moralmente buenos (o al menos moralmente neutrales) y que el actuar de acuerdo con ellos conducirá al florecimiento humano. Pero la Biblia nos dice que, desde la caída, cuando los deseos de Adán y Eva los llevaron al pecado (Génesis 3:6), los deseos naturales del hombre condujeron a la muerte, no a la vida. «Cada uno es tentado cuando sus propios malos deseos lo arrastran y seducen. Luego, cuando el deseo ha concebido, engendra el pecado; y el pecado, una vez que ha sido consumado, da a luz la muerte» (Santiago 1:14-15). Tenemos un desorden moral y necesitamos dudar de nuestros deseos y someterlos a Dios. En nuestro estado pecaminoso, expresar nuestros deseos naturales conduce al pecado, lo cual conduce a la muerte. Los que siguen su corazón están siguiendo algo que es malo, engañoso y desesperadamente malévolo (Jeremías 17:9).

La perspectiva de la realización captura la realidad de que el sexo es sexual y relacionalmente realizador y que es una forma de autoexpresión. No obstante, eleva los dones de Dios por sobre Dios mismo y, de esa forma, efectivamente socava nuestra realización y nos impide ser aquello para lo que fuimos hechos. Esta es exactamente la imagen moral que Pablo describe en Romanos 1: «A pesar de haber conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que se extraviaron en sus inútiles razonamientos, y se les oscureció su insensato corazón. Aunque afirmaban ser sabios, se volvieron necios, y cambiaron la gloria del Dios inmortal por imágenes que eran réplicas del hombre mortal, de las aves, de los cuadrúpedos y de los reptiles» (vv. 21-23). Buscar la realización en el sexo por sobre y aparte de Dios promete ilustración pero otorga oscuridad.

 

¿Qué dice la Biblia acerca del sexo?

La Biblia tiene mucho que decir acerca del sexo y deja pocas dudas acerca de su propósito último: el propósito último del sexo es glorificar a Dios. Esto lo sabemos porque el propósito último de todas las cosas es glorificar a Dios, y el sexo no es la excepción. «Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él. ¡A él sea la gloria por siempre! Amén» (Romanos 11:36). Por lo tanto, el sexo mismo y todo lo que involucra han sido creados para darle gloria a Dios. Denny Burk lo dice así: «El sexo, el género, el matrimonio, la hombría, la feminidad, todo esto existe en última instancia para la gloria de Dios. La gloria de Dios como el propósito último del sexo no es una mera deducción teológica. Es la enseñanza explícita de la Escritura». Si bien el gran propósito del sexo es la gloria de Dios, lo alcanza por medio de tres propósitos subordinados: intimidad, descendencia, y gratitud.

El sexo está hecho para la intimidad. Glorifica a Dios uniéndonos con nuestro cónyuge en conocimiento, intimidad y placer mutuo, y de esta forma sirve para mostrar el amor de pacto de Cristo. ¡El sexo solo debe existir donde hay un pacto! El sexo fuera del matrimonio es destructivo porque el amor de pacto dentro del matrimonio es el fundamento del sexo, y el sexo solo se usa apropiadamente cuando es una expresión de ese amor de pacto. Tim Keller dice: «El sexo quizá sea la forma más potente creada por Dios para ayudarte a donar todo tu ser a otro ser humano. El sexo es la forma que Dios ha designado para que dos personas se digan recíprocamente: “Te pertenezco completa, permanente y exclusivamente”. No debes usar el sexo para decir algo inferior. Así que, según la Biblia, es necesario un pacto para el sexo». La unión de pacto lograda a través del sexo glorifica a Dios porque señala más allá de sí misma a la gozosa unión de Dios consigo mismo y la unión de la iglesia con Cristo.

El sexo está hecho para la descendencia. Glorifica a Dios al producir una descendencia piadosa que lleve su imagen, llene su tierra, y glorifique su nombre. Este propósito del sexo se remonta al comienzo mismo del mundo, cuando Dios mandó a la humanidad: «Sean fructíferos y multiplíquense; llenen la tierra y sométanla» (Génesis 1:28). Si este propósito parece inusual, es solo porque los protestantes tal vez han exagerado en su reacción al énfasis del catolicismo en la procreación como el único propósito válido del sexo. Tal vez movimos el péndulo demasiado lejos al otro extremo y desestimamos la necesidad de usar el don del sexo para concebir hijos. No obstante, como señala Albert Mohler: «El matrimonio, el sexo y los hijos son parte de un solo paquete. Negar cualquier parte de este todo es rechazar la intención de Dios en la creación, y su mandato revelado en la Biblia». Uno de los buenos propósitos del sexo que glorifican a Dios es la producción de descendencia.

El sexo está hecho para la gratitud. El sexo tiene la finalidad de glorificar a Dios produciendo gratitud a él. El sexo en el matrimonio es un buen don de Dios que no necesita ser «espiritualizado» para ser santo. Tom Gledhill dice acertadamente que «el desenvuelto deleite en nuestra condición de criaturas no debe ser constreñido por pensamientos de que todo está de alguna forma por debajo de nuestra dignidad, y que sería mejor estar orando que haciendo el amor. Porque esta es una falsa dicotomía que debe ser eliminada para siempre. No necesitamos santificar un acto totalmente natural teniendo simultáneamente pensamientos espirituales acerca de Dios mientras estamos en los brazos de nuestro cónyuge». Esto es absolutamente cierto, pero al mismo tiempo debemos reconocer que Dios recibe gran gloria cuando le damos alabanza y gratitud por los placeres y goces del sexo. Ben Patterson dice: «La gratitud puede ser el mayor gozo del sexo, y lo que le da la mayor gloria a Dios, porque el gozo es lo que uno experimenta cuando está agradecido por la gracia que se le ha concedido».

 

Conclusión

El sexo es un regalo de Dios cuyo fin es llevar a cabo los propósitos de Dios y darle gloria a Dios. El sexo no es un mero apetito natural que podamos satisfacer como nos plazca, sino un buen don de Dios que solo se debe usar como él manda. El sexo no es una mera expresión de afecto, sino una expresión y manifestación del amor de pacto arraigado en Cristo. El sexo no es un mero medio de realización, sino una oportunidad de entregarnos a nuestro cónyuge en amor y a Dios en gratitud. Su propósito último es darle gloria a su nombre.