Cuando creo lo peor de quienes más me aman

El pecado tiene una obstinación que sorprende y decepciona. La vida cristiana es una vida de creciente triunfo sobre el pecado, y, no obstante, incluso con la alegría hay mucha decepción, aun con la victoria hay mucho fracaso, aun cuando se da muerte a mucho pecado, hay mucho que permanece.

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Un área de pecado que continúa desconcertándome y decepcionándome es mi incapacidad para pensar bien continuamente acerca de las motivaciones de los demás. Quizá no sea tanto el pensar acerca de sus motivaciones como suponerlas. Me sorprende mi propia inclinación a suponer lo peor de los demás, y especialmente aquellos que han hecho lo máximo por mí.

He estado casado con Aileen por más de catorce años [2012]. Durante ese tiempo ella ha sido amorosa, leal y bondadosa, y todo lo que un esposo podría desear de una esposa. Ella ha tenido mis tres hijos, me ha apoyado en mis cambios de carrera, ha tolerado mi pecado, ha orado por mí en la dificultad, me ha ayudado a ser un hombre cuya iglesia puede llamarlo a ser su pastor. Sin embargo, de súbito, cuando de alguna manera me desagrada, puedo actuar como si ella nunca me hubiera amado en absoluto, como si siempre me hubiera tratado con desdén. En un instante puedo tirar todos esos años de amor y sacrificio y suponer que ahora está en mi contra, buscando sus propios intereses en vez de los míos, interesada en perjudicarme antes que ayudarme. En un momento desecho todas estas evidencias de su amor y me comporto como si ella me odiara.

Son las cosas más simples las que provocan esto. No son pecados graves o la patente inmoralidad lo que me lleva a cuestionarla en mi mente. Son las cosas más pequeñas, las cosas que quizá ni siquiera son pecado. Es llegar un poco tarde cuando quiero llegar temprano, es hacer una pregunta clarificadora cuando yo quiero salir del paso, es tener una prioridad distinta a la mía. Y en tales momentos yo olvido nuestra historia, olvido su carácter, olvido que ella está fundamentalmente de mi lado, y creo que ella y yo somos enemigos. Ella me causa un desagrado y por lo tanto debe odiarme. Yo reacciono actuando de manera odiosa a cambio. A veces esto se manifiesta en palabras o actitudes ásperas; otras veces se manifiesta en malhumor y quejas.

Sé que no soy el único que lucha de esta forma y, para ser franco, vi este pecado primero en otros y solo más tarde en mí. Cada pastor puede testificar que en su iglesia hay personas por las que se ha esforzado, ha orado, se ha sacrificado, y a cambio se van en su contra cuando se molestan (y a la vez, puede que él esté igualmente presto a irse en contra de ellos al sentirse amenazado). Cada padre es testigo de que los hijos están igualmente prestos a olvidar los años de amor y sacrificio y se vuelven contra sus padres.

Detesto este comportamiento en mí. Odio este pecado. He llegado a observar que se relaciona fundamentalmente con el amor, o la falta de amor. Estoy seguro de que en algún lugar está involucrado el orgullo, y debe haber otros pecados en la mezcla, pero se trata primordialmente de amor. Lo sé por esto: 1 Corintios 13:7 me dice que el amor «todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta». Así es como se espera que actúe el amor en la relación. Me transforma para que ahora pueda suponer buenos motivos en vez de malos, ahora puedo reaccionar con esperanza y no con sospecha. No obstante, mis reacciones demuestran que el amor todavía no se ha desarrollado en mi carácter a este nivel.

Amo a mi esposa. La amo más de lo que habría creído posible, y, no obstante, el pecado demuestra que la amo mucho menos de lo que debería y quizá menos de lo que pienso que la amo. Si la amara más y mejor, yo lo creería todo y lo esperaría todo. En los momentos de desagrado no supondría malas motivaciones, sino que supondría lo mejor. En ese momento de cuestionamiento, resonaría la esperanza antes que el odio, se manifestaría la confianza antes que la ira. Pero muy a menudo este tipo de amor está ausente.

Este es uno de esos momentos donde resulta muy útil pensar acerca del evangelio. Cuando pienso en Jesucristo, veo el más grande ejemplo de amor en el más grande acto de amor. Cuando miro este amor, cuando reflexiono y medito sobre él, cuando recibo sus beneficios, necesariamente crezco en amor también. El amor de Cristo se vuelve mi amor, los beneficios del amor de Cristo se convierten en mis beneficios. Soy transformado.

Cuando pienso en la cruz veo que no amo porque todavía no entiendo cuánto he sido amado. Así que miro a la cruz otra vez. Y otra vez.