Cuando Dios apunta a lo grande y yo a lo pequeño

La Biblia a menudo habla en términos generales, en grandes aseveraciones abarcadoras. A menudo observamos muy pocos matices en sus palabras, muy pocas excepciones a sus mandatos. Al leer la Biblia, nos encontramos con oraciones como estas:

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  • «Y cuando estén orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo, para que también su Padre que está en el cielo les perdone a ustedes sus pecados» (Marcos 11:25). Así es como lo entiendo yo: cada vez que ores tienes que perdonar a todos por cualquier cosa. No veo ninguna cláusula de excepción aquí. ¿Y tú?
  • «No se inquieten por nada» (Filipenses 4:6). ¿Hay alguna excusa apropiada para la inquietud? Ninguna. ¿Cuándo es apropiado estar inquieto? Nunca.
  • «Ama a tu prójimo como a ti mismo». Ama a todos, incluso a las personas que apenas conoces, incluso a las personas que te han lastimado. Ah, y preocúpate por sus mayores intereses con la misma pasión y entusiasmo con los que te preocupas por tus propios intereses.
  • «Honra a tu padre y a tu madre». «Hijos, obedezcan a sus padres en todo». Todo hijo les debe honra a sus padres. Cada hijo joven les debe obediencia a sus padres. Todo el tiempo.

En muchísimos casos y en muchísimas formas, la Biblia habla en términos de blanco y negro. Raramente presenta excepciones. «Ama a tu prójimo a menos que o hasta que…». «Honra a tu padre y a tu madre excepto…».

He estado escribiendo, enseñando y predicando hace ya bastante tiempo, y en el camino he hecho una interesante observación. Cada vez que escribo o hablo acerca de este tipo de mandamientos, de inmediato enfrento preguntas acerca de posibles casos especiales. Si predico acerca del perdón, sé que inmediatamente después del sermón alguien me va a preguntar: «¿Pero qué pasa si he sufrido abuso?». Si escribo acerca de la ansiedad, alguien preguntará en seguida: «¿Pero qué pasa con mi desorden de ansiedad que me han diagnosticado oficialmente?». Si hablo acerca de la honra, alguien dirá: «Ah, pero usted no conoce a mis padres y nunca ha visto cómo son».

Yo empatizo con estas inquietudes, desde luego. Yo mismo he planteado muchas de estas preguntas. Y a menudo, cuando vamos más profundo en la Biblia, encontramos que hay excepciones y hay matices. Dios nos da sus mandamientos, pero también nos da sabiduría para aplicarlos en todas las complejidades de la vida, especialmente la vida en un mundo caótico y manchado por el pecado. ¿Siempre debemos perdonar? No creo que eso sea posible, aunque estoy convencido de que al menos debemos estar dispuestos a perdonar. ¿Siempre debemos obedecer a nuestros padres? No, no si ellos mandan algo que sea pecado. Dios nos da toda una Biblia y un Espíritu Santo con un motivo.

Lo que me preocupa, sin embargo, y especialmente cuando examino mi propio corazón, es la rapidez con la que apelo a las excepciones. Cuando leo Marcos 11:25 («Y cuando estén orando, si tienen algo contra alguien, perdónenlo…»), lo primero que pienso no es: «¡Dios, perdóname por mi falta de perdón!», o, «bien, ¿a quién tengo que perdonar?». Lo primero que pienso es: «Sí, pero, ¿qué hay con esta situación o aquella situación?». Cuando Dios apunta a lo grande, yo apunto a lo pequeño. Cuando Dios habla de manera universal, mi primer pensamiento es buscar excepciones, matices que me permitan escabullirme de sus mandamientos.

La Biblia habla en términos generales, en grandes afirmaciones abarcadoras. Hay momentos para interpretar aquellas palabras y oraciones, para aplicar a ellas la sabiduría. Pero primero debemos abordarlas tal como son, permitirles que golpeen con toda su fuerza, con todo su impacto. Entonces, y solo entonces, hacemos nuestras preguntas sobre casos especiales.