Cuando el fracaso salva y el éxito destruye

Casi como todos los que tienen 40 años o más, he tenido mi cuota tanto de fracaso como de éxito. Puedo mirar al pasado y ver en mi vida áreas donde he tenido éxitos que han superado mis expectativas, y áreas donde he fallado muy por debajo de mis esperanzas. Pero he aprendido a ser agradecido tanto por el éxito como por el fracaso. He aprendido a ver la bondadosa mano de Dios en ambas situaciones.

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El éxito tiene algo fascinante. Se siente bien alcanzar la excelencia en nuestra vocación, lograr nuestras metas, superar a nuestros amigos, dejar una marca. Se siente bien recibir el aplauso de las personas que admiramos. Se siente bien sentir que por fin estamos marcando la diferencia. Y si bien este éxito puede ser una enorme bendición para nosotros y para los demás, también puede ser el material del cual está hecha la idolatría.

El fracaso, por otra parte, se siente miserable. Se siente terrible fallar en el avance de nuestra vocación, errar en nuestro objetivo, ser superado por los amigos, no lograr dejar nuestra marca. Duele en el alma no lograr recibir el aplauso de las personas que admiramos. Y si bien este fracaso puede ser una enorme tristeza para nosotros y para otros, también puede ser el material del cual está hecha la bendición.

Esto es algo que he aprendido en cuarenta años de éxito y fracaso: el cuidado de Dios por nosotros se puede expresar mejor al permitirnos fracasar que al permitirnos tener éxito. El fracaso encuentra la forma de mostrarnos nuestros límites, de hacernos confiar aún más en el Señor. El éxito sabe cómo aumentar nuestra confianza en nosotros mismos, y hacernos confiar aun menos en el Señor. A veces el fracaso nos salva allí donde el éxito nos destruiría.

Una de mis oraciones regulares, una que he escrito en otro lugar, es que mi éxito no supere mi santificación. Preferiría fracasar antes que tener éxito más allá de lo que puedo manejar. Como ocurre con cualquier cristiano, mi deseo de tener éxito debe estar ligado a mi deseo de ser santificado. Quizá esto explica por qué hemos visto a tantos líderes cristianos levantarse tan rápidamente y caer tan terriblemente. Anhelaban éxito y lo alcanzaron, pero no tenían santificación que lo sustentara. Me pregunto si ellos serían los primeros en decir que una saludable dosis de fracaso podría haber sido lo que más necesitaban.

Como dijo el gran misionero, «queremos esperar grandes cosas de Dios e intentar grandes cosas para Dios», pero nuestras expectativas e intentos deben estar vinculados a una gran expectativa de santidad y grandes intentos de obtenerla. Es bueno anhelar el éxito e intentar alcanzarlo, pero debemos estar dispuestos a recibir de la mano del Señor su bendición manifestada tanto en el éxito como en el fracaso.

 

(Agradezco a mi amiga Gracie por pasar una mañana escribiendo por mí, incl