Cuatro categorías para «vivir el milagro»

Gran parte de la vida cristiana se reduce a la cuestión de la identidad. En el corazón, ¿quiénes somos? ¿Quién o qué tiene derecho a definirnos? ¿Cuál es nuestra más profunda identidad? La identidad está en el centro de muchos asuntos, especialmente en el de la atracción por el mismo sexo. En su libro Gay Girl, Good God, Jackie Hill Perry ofrece cuatro «categorías» para guiar nuestro pensamiento acerca de la identidad en tanto que «vivimos el milagro» de la santificación. Aunque ella las aplica específicamente a los cristianos que luchan con la atracción por el mismo sexo, de diversas formas ellas pertenecen a cada creyente y cada tentación.

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Primero, la identidad del pecado. El pecado no es bello. Aunque cada persona es única, sus tentaciones no lo son, porque detrás de todas está el mismo diablo. Él tiene trillados secretos del oficio que nos aplica a todos. «Desde el Edén hasta ahora, al empujar a una persona hacia el pecado, primero debe convencerla de que la cosa que se sienten impulsados a probar será satisfactoria». El pecado encuentra la forma de hacer que el pecado parezca más bello y deseable que Dios. El pecado encuentra la forma de hacer que él y no Dios sea digno de vivir y morir por él. En cuanto a los cristianos atraídos por el mismo sexo, Perry dice: «Llegará un día o dos o muchos para los cristianos atraídos por el mismo sexo cuando los afectos por los cuales una vez se deleitaron les susurrarán que regresen. Susurrará la promesa de gozo y satisfacción. Pero se sentirá más verdadero de lo que es, porque el pecado nunca puede cumplir su promesa de hacernos felices. El vómito siempre será vómito aunque esté salpicado de chocolate, almendras picadas y una cereza encima». En tiempos de tentación debemos acudir a la Escritura para aprender nuestra verdadera identidad y descubrir el verdadero gozo.

Segundo, la identidad del santo. Tú no eres tus tentaciones. Las tentaciones hablan en alta voz. «Ellas nos cuentan acerca de su potencial. Hablan de nuestra necesidad y dicen que pueden solucionarla». Mientras más tiempo y más alto hablan, más vergüenza ocasionan. «La vergüenza quiere que creamos que su evaluación de nosotros es exacta. Que somos demasiado desdichados para ser hechos nuevos. Demasiado sucios para ser limpiados. Demasiado propensos al pecado para que el perdón importe». Específicamente a las personas atraídas por el mismo sexo les insiste «que en todos los frutos de la gran salvación que hemos llegado a mostrar, la tentación a todavía querer a nuestra antigua pareja homosexual o sentir como se sentía ser amado por alguien del mismo sexo, significa que simplemente somos un pecador sin remedio, o peor aún, que sencillamente todavía somos homosexuales». No obstante, el cristiano debe aprender que, aunque las tentaciones hablen en alta voz, Dios habla a través de su Palabra con una voz poderosa. Y su voz es la única que importa en lo que respecta a identidad.

Tercero, la identidad de la iglesia. No estás solo. Aunque cada tentación produce un sentido de aislamiento, quizá ninguna lo hace más común y efectivamente que la atracción por el mismo sexo. Puede haber temor a ser mal entendido o temor a nunca ser plenamente aceptado. Puede estar el malentendido de que «ellos pueden tener éxito en la fe cristiana sin la presencia de otros cristianos. Que pueden ser un soldado solitario en la batalla contra el pecado, el diablo y la carne. Sobrepasados en número sin saberlo, no tienen la previsión para ver que ninguna guerra se ha ganado a solas. Ni la sabiduría para entender que la santificación es tan comunitaria como la comunión». Dios nos llama a todos a la iglesia donde podemos servir y ser servidos, capacitar y ser capacitados. Esto fue cierto desde el principio y sigue siendo verdad hoy —el ser humano no fue hecho para estar solo—, lo que significa que no estás solo.

Cuarto, la identidad de Dios. Dios es mejor de lo que puedas imaginar. En el corazón de todo pecado está la incredulidad. De hecho, el pecado comenzó cuando Adán y Eva eligieron no creer lo que Dios había dicho acerca de sí mismo. La identidad que le asignemos a Dios definirá la nuestra. «Si él es el Creador, entonces nosotros somos creados. Si él es el Amo, nosotros somos los siervos. Si él es amor, nosotros somos amados. Si él es omnipotente, nosotros no somos tan poderosos como pensamos. Si él es omnisciente, no hay donde esconderse. Si él no puede mentir, todas sus promesas son verdaderas». Dios es mucho más grande de lo que imaginamos y, si eso es cierto, es una pérdida de tiempo ir tras algo o alguien más pequeño que él. A fin de cuentas, no debemos poner nuestra identidad en quien estamos seguros de que somos, sino en quien sabemos que Dios es.

Así es como Perry resume estas reflexiones sobre la identidad: «Debería ser una expectativa tanto de los creyentes nuevos como de los antiguos provenientes de la comunidad LGBT el experimentar la tentación a identificarse como algo distinto a lo que la Escritura ha declarado como verdadero. Ya sea la identidad del pecado, la identidad del santo, la identidad de la iglesia o la identidad de Dios, hay un enemigo real que se deleita en nuestra duda. Pero la mayor arma que tenemos contra él e incluso nuestra propia carne es la fe en la Palabra de Dios. Al confiar en ella como la que tiene la última palabra, nos mantendremos fuertes aun cuando somos débiles».