Dios no nos debe un final feliz

 

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Esta es una era visual. Las cámaras están en todo lugar, el software es barato, los computadores son potentes, y juntos estos nos dan un video para cada ocasión. Como cristianos, tenemos un video para cada ocasión. Me encanta mirar a aquellos que cuentan la historia de dos esposos que habían estado a punto de divorciarse, pero reencendieron la llama; aquellos acerca de la esposa piadosa que estuvo dispuesta a reconciliarse con su esposo adúltero; los que cuentan sobre una pareja que soportó la dificultad de una larga y complicada adopción pero lograron volver a casa triunfantes, con ese precioso hijo en sus brazos; aquellos acerca del amoroso anciano que halló alegría y contentamiento en cuidar a la esposa que ya no podía reconocerlo.

Estos videos proveen un vislumbre de la gracia de Dios en la vida de su pueblo y son inspiradores en el mejor sentido. Nos dan esperanza de que, si nosotros nos encontráramos en tales situaciones, experimentaríamos la bondad y la bendición del Padre.

No obstante, no todas las historias tienen un final feliz. Este mundo está tan fracturado, tan marcado por el pecado, que muchas de nuestras historias no terminan con un beso, no terminan con realización, no terminan con un propósito claro. Me encantan aquellos videos tanto como a ti, pero ellos solo cuentan historias selectas, no todas las historias.

Por cada potente historia de arrepentimiento, perdón y reconciliación, hay muchos esposos que rompen sus votos y nunca se arrepienten, que se marchan y nunca regresan. Hay esposas dispuestas a perdonar, a salvar su matrimonio devastado, excepto que el esposo no quiere hacerlo. Hay esposos arrepentidos pero la esposa no puede o no quiere perdonarlo. Esas historias también son reales, pero no hacemos videos con ellas. No vemos las suaves tomas de la cámara ni escuchamos la música subir dramáticamente cuando a ella se le entregan los papeles del divorcio.

Están las adopciones que fracasan en el último momento, el hombre y la mujer que habían puesto su corazón en un hijo, que se habían enamorado de él, que habían atravesado el mundo para recogerlo, pero les fue arrebatado. He visto a una familia adoptar a un hijo solo para descubrir que estaba tan marcado por su tiempo en instituciones orientales brutales que correspondió el amor de ellos con violencia, amenazas, y desviación sexual tan oscuras que sintieron que tenían que renunciar a él. No había cámaras para capturar la historia e inspirarnos con ella.

Me encanta ver la película del esposo anciano que cuida a su querida esposa que sufre de Alzheimer. Es potente, efectivo e inspirador, y quisiera ser como él si me llegara a encontrar en esa situación. Pero no hay una grabación para el hombre cuya esposa ya no lo reconoce y él le causa terror, y atrapada en una demencia cada vez más profunda, debe ser llevada a una institución lejos del esposo que la ama. No hay narrador que diga palabras de esperanza e inspiración.

Es tan natural como el amanecer querer hallarle sentido a nuestro sufrimiento, y a menudo se lo hallamos, o creemos que se lo hallamos, en un final feliz. Fue un tiempo agotador, pero lo soporté y ahora puedo decir que valió la pena porque tengo al bebé en mis brazos, mi matrimonio se renovó, me reconcilié con mi esposo, mi hijo pródigo cedió a su rebelión y volvió a casa. Pero a veces —a menudo— las respuestas no son tan evidentes. Muy a menudo estos videos no representan la vida tal como la experimentamos.

Pero la Biblia sí lo hace. La Biblia está llena de finales no felices o inexplicados. Hay salmos de mucha alabanza y júbilo, y hay salmos de dolor y desconcierto. Hay gozo en la Biblia, pero también hay dolor. A Dios le pareció apropiado reunir muchas historias que concluyen sin una palabra de explicación. Y estas también son importantes para él. Estas también son relevantes y están llenas de sentido y significado.

Nuestra dedicación a los finales felices encierra un peligro. Podemos llegar a pensar que Dios extiende su bondad y su gracia solo en las situaciones que concluyen felices. Podemos creer que un final feliz es lo que prueba que Dios ha estado presente. Podemos creer que las experiencias que no tienen un final feliz significan que de alguna forma Dios estuvo ajeno a ellas. Podemos resentirnos por las ocasiones cuando no escuchamos la música en crescendo y no vemos en nuestra propia vida una historia que otros querrán escuchar.

Todos deseamos un final feliz para nuestro sufrimiento. Por supuesto que sí. Pero Dios no nos debe un final feliz y no nos debe las respuestas. A veces él decide darnos una o ambas cosas. Otras veces no lo hace. Algún día estas cosas cobrarán sentido, y ese día reconoceremos que Dios ha hecho lo correcto. Pero hasta entonces, la fe en su carácter y en sus promesas nos sostendrá mucho más que un final feliz.

Porque mis pensamientos no son los de ustedes,

ni sus caminos son los míos

—afirma el Señor—.

Mis caminos y mis pensamientos

son más altos que los de ustedes;

¡más altos que los cielos sobre la tierra! (Is 55:8-9).

Aunque la higuera no florezca,

ni haya frutos en las vides;

aunque falle la cosecha del olivo,

y los campos no produzcan alimentos;

aunque en el aprisco no haya ovejas,

ni ganado alguno en los establos;

18 aun así, yo me regocijaré en el Señor,

¡me alegra