Dios, te equivocaste de hombre

Gran parte de lo que trae la vida sobrepasa mis habilidades, sobrepasa mi experiencia, sobrepasa mi zona de comodidad. De muchas formas podría contar la historia de mi vida a través de los tiempos que me he visto obligado a actuar, a confrontar mis temores, a hacer cosas por las que mi disposición natural grita de terror. Si me hubieran dejado a mi arbitrio, viviendo según mis propias preferencias, mi vida sería muy distinta a como es hoy. Esto es cierto en mi carácter, mi hogar, mi iglesia, y en realidad cualquier otro lugar.

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Uno de mis grandes consuelos y desafíos ha sido un divertido breve pasaje, a menudo pasado por alto, del libro de Éxodo. Dios le dijo a Moisés que él sacaría al pueblo de Egipto. Dios le ha dicho que él, Moisés, servirá como la voz de Dios tanto para Israel como para Egipto. Y Moisés no está muy a gusto. Moisés se encarga de recordarle a Dios por qué él obviamente no es el hombre para esa tarea. «Señor, yo nunca me he distinguido por mi facilidad de palabra —objetó Moisés—. Y esto no es algo que haya comenzado ayer ni anteayer, ni hoy que te diriges a este servidor tuyo. Francamente, me cuesta mucho trabajo hablar». Te equivocaste de hombre, ¿no te das cuenta?

Pero Dios no se ha equivocado. Dios no ha escogido a Moisés por sus habilidades, sino por razones totalmente propias. Es mucho más probable que Dios haya escogido a Moisés precisamente porque no tiene habilidades naturales. Dios busca a personas que sean tan débiles que tengan que depender totalmente de él. «¿Y quién le puso la boca al hombre? —le respondió el Señor—. ¿Acaso no soy yo, el Señor, quien lo hace sordo o mudo, quien le da la vista o se la quita? Anda, ponte en marcha, que yo te ayudaré a hablar y te diré lo que debas decir» (Éxodo 4:10-12).

La respuesta de Dios es simple: esa boca por la que te preocupas, solo piensa un momento quién la creó. No es tu boca, es mi boca. Puede que esté en tu cara, pero yo la creé y me pertenece. Si yo la hice, puedo usarla. Solo confíamela a mí, y te sorprenderás de lo que puedo hacer. Moisés había entendido todo mal. Quería servir a Dios con su propia fuerza, pero Dios quería que Moisés sirviera desde su debilidad.

En muchas ocasiones y en muchas formas —desde la mesa de la cena a la reunión de ancianos, y hasta el podio de conferencias— he querido huir de las oportunidades y responsabilidades. Muchas veces lo he hecho, de una forma u otra. He querido recordarle a Dios que se ha equivocado de hombre: yo no soy capaz de guiar a esta familia, no soy capaz de tomar decisiones por el bien de esta iglesia, no soy capaz de hablar verdad ante esta situación, no soy capaz de pararme ahí y hablar. Estoy muy seguro de que tú te has encontrado batallando con temores similares.

Pero piensa en Moisés, y piensa en la paciente respuesta de Dios, y cree que el Dios que llama es el Dios que capacita. En ese preciso lugar hallarás tu consuelo y tu confianza.