El cantante sin oído

El evangelio de la prosperidad no ha producido una nueva generación de grandes himnos cristianos. Tampoco lo ha hecho el pensamiento positivo ni el cristianismo progresista. Hay un motivo por el que no esperaríamos que lo hicieran. El hecho es que las canciones más profundas vienen de la verdad más profunda. Las canciones más fieles vienen de las expresiones más fieles de la fe cristiana. Las canciones más ricas vienen de la más rica comprensión de quién es Dios y qué ha hecho.

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Como cristianos, se nos dice que cantemos del evangelio, los unos para los otros, al Señor; un resumen en diez palabras de Colosenses 3:16, que dice: «Que habite en ustedes la palabra de Cristo con toda su riqueza: instrúyanse y aconséjense unos a otros con toda sabiduría; canten salmos, himnos y canciones espirituales a Dios, con gratitud de corazón». Cuando Pablo escribe a esta iglesia colosense, quiere que se den cuenta de que cada cristiano necesita lecciones de canto. Si queremos cantar una canción que glorifique al Señor, primero necesitamos aplicar algunas lecciones.

La primera lección es esta: el evangelio debe ser la base de tu canción. Antes que puedas cantar una canción que glorifique a Dios, la palabra de Cristo —el evangelio— tiene que habitar en ti. Pablo acaba de decir: «Antes de recibir esa circuncisión, ustedes estaban muertos en sus pecados. Sin embargo, Dios nos dio vida en unión con Cristo, al perdonarnos todos los pecados y anular la deuda que teníamos pendiente por los requisitos de la ley. Él anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz» (2:13-14). Ese es un glorioso mensaje, uno que vale la pena cantar. Literalmente, no hay nada mejor que esto en todo el universo. Nunca escucharás un mensaje mejor, más profundo y más bello. Si quieres cantar un canto que glorifique a Dios, primero ese profundo y bello mensaje debe estar habitando en ti.

La segunda lección es esta: el evangelio necesita habitar en ti con toda su riqueza. No basta con dejar que el evangelio habite en ti. Antes que puedas cantar —realmente cantar—, el evangelio debe habitar en ti en toda su riqueza. Para que habite en ti con toda su riqueza, el mensaje debe ser rico. No te puedes llenar de un mensaje superficial, trivial y bobo, y esperar que habite en toda su riqueza. Y esta es la precisa razón por la que el evangelio de la prosperidad no ha producido la próxima generación de grandes himnos de la fe cristiana. Es por esto que no miramos hacia las iglesias dominadas por el pensamiento positivo en busca de ricas canciones centradas en el evangelio. Allí donde hay un mensaje superficial y no bíblico, también debe haber canciones superficiales y no bíblicas. A la inversa, un mensaje rico habita en toda su riqueza, y ese habitar genera una rica contemplación, y esa rica contemplación genera ricas canciones.

Cuando cantamos a Dios, proclamamos quién es él, qué ha hecho, y qué exige de nosotros. También clamamos a él en súplica, pidiéndole las cosas con las que él deleita a su pueblo. Si esto es verdad, es un llamado a que nuestras canciones tengan sustancia. Tenemos miles de canciones grandiosas a nuestra disposición, así que ¿por qué vamos a perder el tiempo con canciones que no dicen nada? Mientras más rica es nuestra comprensión de Dios, más ricas son las expresiones de alabanza y más ricas y audaces las peticiones que podemos hacer en nuestro canto. Si solo conocemos a Dios como el que dispensa riquezas, nuestras canciones no pedirán más que fortuna. Si solo conocemos a Dios como débil y apenas santo, nuestras canciones hablarán de un Dios demasiado pequeño, un Dios que no merece nuestra adoración. Pero si conocemos a Dios tal como él es y si sabemos lo que ha efectuado a través de su Hijo, nuestras canciones estarán llenas de la verdad abundante y dulce.

Cantamos de la mejor forma cuando ese evangelio habita en nosotros en toda su riqueza. Dios no mira la calidad de nuestra melodía o la perfección de nuestro tono. Él mira el corazón. La melodía y el tono importan, pero cuando estás entre la congregación y cantas al Señor, tu corazón es mucho más significativo. Puedes no tener oído musical en absoluto, pero cantas una bella música a oídos de Dios cuando el evangelio habita en ti en toda su riqueza y cuando cantas para alegrarte en el Salvador.