El pecado más fácil de justificar

1A medida que crecemos en la gracia y nos conformamos cada vez más a la imagen de Jesucristo, descubrimos, maravillosa e inevitablemente, que el pecado está perdiendo su control sobre nosotros. Los pecados que una vez nos atormentaban ahora son meras irritaciones; las tentaciones que una vez nos abrumaban constantemente ahora despiertan poco interés o entusiasmo. Para nuestro gozo, descubrimos que Dios es fiel a sus promesas y que ha estado usando cada circunstancia para conformarnos a la imagen de su Hijo.

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Hay más en este proceso de santificación. Aun antes que demos muerte al pecado, descubrimos una mayor conciencia de lo que es nuestro pecado, lo que hace en nosotros, y cómo afecta a los demás. Dejamos de dar excusas por nuestro pecado y lo confrontamos como el mal que realmente es. Pero no siempre, y no cabalmente. A partir de la observación y la dura experiencia, creo que hay un pecado que, más que cualquier otro, tendemos a seguir justificando. Es el pecado de la ira injusta.

Nos engañamos a nosotros mismos haciéndonos creer que nuestro enojo es justo, que es exactamente igual a la ardiente ira de Dios contra todo lo malvado. Quizá a veces lo sea, pero mucho más a menudo no lo es. Puede ser una reacción pecaminosa a una ira justificada, o una reacción pecaminosa a una ira injustificada. En cualquier caso, lo que hacemos a menudo es excusar y explicar el enojo de un modo que no lo hacemos con la mayoría de los demás pecados.

Cuando cometemos un pecado sexual, normalmente nos culpamos a nosotros mismos. Entendemos que nuestro corazón lujurioso nos ha permitido desear lo que no es nuestro, luego poner la mirada donde no deberíamos estar mirando, y desde ahí avanzar más profundo en el pecado.

Cuando cometemos robo, normalmente nos culpamos a nosotros mismos. Entendemos que una falta de satisfacción en Jesucristo ha conducido a un más profundo descontento, a anhelar algo que Dios no nos ha dado, y a efectivamente tomarlo para nosotros.

Y así sucesivamente. Pecamos, y cuando más tarde nos examinamos, vemos que toda la culpa es nuestra.

Pero creo que la ira suele ser distinta. Cuando pecamos de ira, tendemos a absolvernos de culpa acusando a las circunstancias en torno a la ira. Así que explotamos con nuestro hijo, levantamos la voz, soltamos un insulto. Pero cuando nos confronta nuestro cónyuge, o nuestro hijo, o incluso nuestra conciencia, señalamos a las circunstancias. «Si no hubiera sido desobediente, esto nunca habría ocurrido». Así que, como ves, es culpa de la hija. Le gritamos un insulto al conductor que se nos cruza en la calle. Usamos una de esas palabras irrepetibles que nos sorprende (y más aún a nuestra familia) cuando la escuchamos salir de nuestra boca. Pero en el silencio que le sigue, o entre los resuellos desde los asientos traseros, insistimos: «¡Él se cruzó! ¡Nos podría haber matado!». Es culpa de él, no nuestra.

En lo que respecta al pecado de la ira, siempre podemos encontrar una explicación externa a nosotros. Siempre podemos achacarle este pecado a un esposo o esposa, un hijo o un extraño. Si eso falla, podemos culpar a la fatiga, o a las hormonas, o a haberse levantado con el pie izquierdo en la mañana, o a algo más —¡cualquier cosa!

Pero la Biblia no nos libera tan fácilmente. «¿De dónde surgen las guerras y los conflictos entre ustedes? ¿No es precisamente de las pasiones que luchan dentro de ustedes mismos?» (Santiago 4:1). La ira injusta no se origina en las circunstancias, sino en el corazón pecaminoso. «Desean algo y no lo consiguen. Matan y sienten envidia, y no pueden obtener lo que quieren. Riñen y se hacen la guerra» (v. 2). La responsabilidad de tu ira injusta no le cabe a nadie más que a ti. No hay excusa para este pecado ni ningún otro. Gracias a Dios, hay perdón para los que confiesan y se arrepienten.