Eres polvo, no divino

Los cristianos nos ponernos una cara bonita, ¿no es así? Cada uno de nosotros aparece el domingo como si todo fuera muy bien, como si nuestra vida estuviera en velocidad crucero, como si hubiéramos tenido la mejor semana. Pero basta con un par de preguntas capciosas, y un sondeo bajo la superficie, para que todo se derrumbe. Cada uno llega a la iglesia sintiendo el peso y la dificultad de esta vida. Dios tiene algo que quiere que hagamos en estas situaciones. Hay algo a lo que él nos llama; algo bellamente sorprendente e incómodo. Acompáñame por algunos minutos, y te mostraré de qué se trata.

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La realidad: tú eres polvo

Uno de mis pasajes favoritos de toda la Biblia es el Salmo 103. Yo suelo leerlo como oración, y me enfoco en estas palabras: «Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo» (v. 14 RV95). Estas palabras nos dicen que aun cuando oramos al omnisciente y todopoderoso Dios, lo hacemos como seres creados que fueron formados del polvo de la tierra. Si algo aprendemos de nuestros polvorientos orígenes, aprendemos que Dios no pretendía que fuéramos superhumanos, y no pretendía que fuéramos como Dios. Él nos creó polvo, no divinos, y esta fue su buena voluntad. Nos hizo débiles.

La dificultad: tus cargas

Entretanto, la Biblia nos dice que esta vida está llena de pruebas y tribulaciones. La experiencia respalda este punto. Este mundo es tan pecaminoso, nosotros somos tan pecaminosos, y la gente a nuestro alrededor es tan pecaminosa, que las pruebas son inevitables. Cada uno de nosotros tiene cargas que arrastra toda su vida. A veces estas cargas nos las creamos nosotros mismos, a veces son cargas que llegan con la enfermedad, a veces son cargas que llegan por medio de otras formas de sufrimiento. Pero cualquiera que sea el caso, los humanos de polvo inevitablemente enfrentamos cargas que parecen devastadora e insuperablemente pesadas. Jesús habla de esta realidad de la vida en este mundo cuando dice: «Yo les he dicho estas cosas para que en mí hallen paz. En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo» (Juan 16:33). Somos débiles y estamos cargados.

La promesa: auxilio

Dios sabe que somos débiles. Dios conoce cada una de las pruebas que enfrentamos, y hace la segura promesa de que él puede sostenernos y lo hará en cada una de las pruebas. En el Salmo 55:22 él dice: «Encomienda al Señor tus afanes, y él te sostendrá». En tiempos de tentación al pecado, él promete: «Ustedes no han sufrido ninguna tentación que no sea común al género humano. Pero Dios es fiel, y no permitirá que ustedes sean tentados más allá de lo que puedan aguantar. Más bien, cuando llegue la tentación, él les dará también una salida a fin de que puedan resistir» (1 Corintios 10:13). Hay muchas otras promesas a las que podemos recurrir, pero el tema sería el mismo: Dios reconoce nuestra debilidad y promete compensarla con su fortaleza. Somos débiles y estamos cargados, pero Dios promete auxilio.

La tentación: confiar en sí mismo

Los polvorientos y pecaminosos seres humanos enfrentamos una ridícula tentación: confiar en nosotros mismos. A pesar de nuestras debilidades y a pesar de nuestro historial de pecados, nos vemos constantemente tentados a recurrir a nosotros mismos por ayuda. Escucha lo que dice John Piper: «El orgullo, o exaltación de uno mismo, o confianza en uno mismo, es el virus que causa todas las enfermedades morales del mundo. Así ha ocurrido desde que Adán y Eva comieron del árbol del conocimiento del bien y del mal, porque quisieron ser Dios en lugar de confiar en Dios. Y así será hasta que el último estallido de orgullo humano sea aplastado en la batalla de Armagedón. Solo existe un asunto moral básico: cómo vencer el permanente impulso del corazón humano de reafirmarse contra la autoridad y la gracia de Dios». Podemos ver esta confianza en sí mismo manifestada en nuestra vida de dos formas: cuando no traemos nuestras cargas a Dios en oración, y cuando no llevamos esas cargas a otros cristianos. En ambos casos, nos gusta convencernos de que podemos llevar esta carga por nuestra cuenta, que somos lo bastante fuertes para cargarla.

La solución: comunidad

Cuando estamos dispuestos a deshacernos de nuestra autosuficiencia, descubrimos que Dios ofrece una sorprendente solución: él ofrece una forma en que podemos ser aliviados de las cargas que llevamos. Muy a menudo, la forma en que Dios cumple sus promesas y responde nuestras oraciones es por medio de otros cristianos en nuestra misma iglesia local. Dios espera que les contemos a los demás acerca de nuestras cargas y que respondamos a ellas juntos, en comunidad. Es por esto que Pablo le dijo a la iglesia en Galacia: «Ayúdense unos a otros a llevar sus cargas, y así cumplirán la ley de Cristo» (Gálatas 6:2). Nuestras comunidades deben caracterizarse por el compartir y llevar las cargas. Para que esto ocurra, nuestras iglesias deben caracterizarse por la humildad, en la medida que cada uno de nosotros admite que no puede avanzar en la vida por sus propias fuerzas; deben caracterizarse por la vulnerabilidad, en la medida que nos abrimos a los demás y pedimos su consejo y ayuda; deben caracterizarse por la percepción de lo que sucede, en la medida que buscamos a las personas que nos rodean y les preguntamos cómo podemos ayudarlas en las pruebas de la vida. Las soluciones de Dios siempre llegan desde fuera de nosotros.

La vocación: llevar las cargas

Todo esto nos lleva a la feliz vocación de llevar las cargas. Piper dice: «Esta es una vocación que te dará más satisfacción que si te volvieras diez veces millonario: desarrolla la extraordinaria habilidad de detectar las cargas de los demás y dedícate diariamente a hacerlas más livianas». Hazlas más livianas mediante la oración, hazlas más livianas introduciendo y aplicando hábilmente la Palabra de Dios, y hazlas más livianas con el consuelo de tu presencia. En cada caso, haz que tu sagrado llamado sea buscar y compartir las cargas de tus hermanos y hermanas. No existe un llamado más alto. (Para leer más sobre el llevar las cargas, ver el artículo «Una habilidad extraordinaria para cristianos ordinarios»). Pero hay más: también te debes a ti mismo y a tu comunidad eclesiástica el compartir tus cargas con ellos, el ser humilde al pedirles ayuda.