Gracias a Dios por una iglesia caótica

La gracia de Dios está contigo si tu iglesia es caótica. Escuché esas palabras salir de mi boca el otro día cuando fui invitado a predicar a una iglesia cercana. Las dije y las creo. Al menos las creo la mayor parte del tiempo.

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Amo mi iglesia. Amo a las personas con las que me reúno semanalmente. Son divertidos y seguros, y es fácil estar con ellos. ¿Pero quién dijo que la iglesia debía ser segura y fácil?

Cuando estaba en aquella iglesia ese día, prediqué sobre la parábola de la oveja perdida, que de hecho es una parábola sobre un pastor benigno y amoroso (ver Lucas 15). Al igual que muchas parábolas de Jesús, esta la contó en presencia de dos grupos de personas: personas convencidas de su propia maldad, y personas convencidas de su propia bondad. Y en este caso, Jesús se dirigía primordialmente a esas personas buenas y religiosas.

La parábola es simple: una oveja se ha extraviado y el pastor no descansará hasta que la haya encontrado y la haya restaurado para sí mismo. Y pensé en aquella oveja, vagando sola y perdida en el páramo, y aquel pastor que sale a buscarla. Hay muchas formas distintas en las que el pastor podría haber reaccionado cuando finalmente la halla.

  • Encuentra su oveja y la regaña: «Oveja estúpida e ignorante. «¡Cómo te atreves a alejarte de mí?». No; no la reprende.
  • Encuentra su oveja y la castiga: «Oveja torpe y desobediente. «¡Yo te voy a enseñar a perderte!». No; no la castiga.
  • Encuentra su oveja y esta le causa repulsión: «¡Estás sucia y apestas! ¿Dónde te metiste? Ve a lavarte ahora mismo y yo volveré más tarde». No; no hace que se lave sola.
  • Encuentra su oveja y la vende: «No puedo tener una oveja como tú contaminando mi rebaño. ¿Sabes cómo me hiciste ver delante de todos los demás?». No; no se deshace de ella.

El texto dice: «Cuando la encuentra, lleno de alegría la carga en los hombros». Cuando el pastor encuentra su oveja, la atiende. Levanta esa enorme, pesada y sucia oveja hasta sus hombros y la lleva a casa, alegre en todo momento. La lleva a su casa, llama a sus amigos y hace una fiesta para celebrar.

El punto de la parábola es que Dios ama salvar a los perdidos. Ama salvar a los pecadores. Él no salva a los que son justos y cuyas vidas están totalmente ordenadas. Él salva a los que son lisa y llanamente malos.

Si Dios está ocupado en salvar a los pecadores, debemos esperar que la iglesia estará llena de pecadores; aquellos que aún andan vagando y aquellos que acaban de ser hallados. Si nuestras iglesias reflejan el corazón de Dios por los perdidos, estarán llenas de personas con problemas, llenas de personas que muestran las consecuencias de toda una vida de vagar. Y esto significa que la iglesia puede no ser un lugar seguro y fácil. Puede que no sea un lugar lleno de personas que lo tienen todo en orden. Puede ser caótica. Debería ser caótica. Gracias a Dios si es caótica.