Haz un buen trabajo

En una época cuando muchos —me incluyo— estamos disfrutando de un tiempo de vacaciones, parece apropiado que deberíamos detenernos a considerar cuestiones de trabajo y vocación. Recientemente estaba repasando algunos de estos temas, especialmente como se presentan en el libro de Efesios. Ahí encontramos a Pablo abordando las relaciones entre esclavo y amo, y amo y esclavo, y desde ese punto, estamos a un corto paso de deducir aplicaciones para todos los que trabajamos.

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La esclavitud era simplemente un hecho de la vida en aquel entonces. Hoy miramos al pasado con horror cuando imaginamos a todas estas personas que eran amos y esclavos, incluso amos y esclavos cristianos en una misma iglesia. Mejores teólogos que yo han dicho cómo ve la Biblia la esclavitud, qué significaba en ese contexto, y de qué manera el evangelio socava la esclavitud y la destruye desde dentro. Pero para nuestros propósitos vamos a eludir esa discusión e iremos directo a las aplicaciones sobre por qué y cómo trabajamos.

Esto es lo que dice el texto:

Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales con respeto y temor, y con integridad de corazón, como a Cristo. No lo hagan solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres, sabiendo que el Señor recompensará a cada uno por el bien que haya hecho, sea esclavo o sea libre. Y ustedes, amos, correspondan a esta actitud de sus esclavos, dejando de amenazarlos. Recuerden que tanto ellos como ustedes tienen un mismo Amo en el cielo, y que con él no hay favoritismos (Efesios 6:5-9).

Una conclusión inevitable que podemos sacar de estos versos es que uno hace una declaración acerca del evangelio con lo que hace y con su conducta en el lugar de trabajo. Si esto era cierto para los esclavos, es absolutamente cierto para ti, que tienes la libertad para decidir lo que haces. Si tienes una buena actitud y haces un buen trabajo, haces una declaración totalmente distinta a si tienes una mala actitud y haces un mal trabajo. Cuando alguien dice ser cristiano, pero entrega un trabajo de mala calidad, y encima a regañadientes, hace quedar mal el evangelio, como si este no fuera transformador, como si no lo hubiera cambiado desde el interior.

Ya seas un empleado o un empleador, un gerente o un electricista, un comerciante o ejecutivo de Wall Street (Bay Street aquí en Canadá), te resultará provechoso escuchar tres instrucciones de Dios dadas por medio de Pablo.

 

¡Haz tu trabajo!

Su primera instrucción es esta: ¡Haz tu trabajo! «Esclavos, obedezcan a sus amos terrenales». Tu jefe espera que trabajes, y que trabajes arduamente, así que obedécele y haz lo que te dice. ¡Trabaja arduamente! Esa parece una orden obvia, pero no quiero que pases esto por alto: el hecho de que el Señor te diga que trabajes le da dignidad a tu trabajo. No importa lo que hagas. No importa si estás gobernando toda una nación o liderando un equipo de dos. No importa si estás ganando millones en el distrito financiero, o si estás reparando cañerías o volteando hamburguesas. Tu trabajo es inherentemente bueno y valioso porque el Señor te dice que lo hagas. Él no te diría que hagas algo inútil o irrelevante.

Tienes que trabajar. También tienes que obedecer a las personas que están sobre ti en ese trabajo. Cada vez que Pablo habla de autoridad, la vincula con la autoridad de Cristo; cada vez que habla de la obediencia, la pone como una forma menor de la obediencia mayor a Cristo. Es lo que hace aquí. Empleados, ustedes tienen que obedecer a su jefe o empleador de la misma forma en que obedecerían a Cristo. No son dos cosas distintas. La forma en que uno entiende la relación empleado/empleador surge directamente de la forma en que entiende su relación con Jesucristo. Si quieres obedecer a Cristo, tienes que obedecer a tu jefe. De hecho, tienes que obedecer a tu jefe tal como obedecerías a Cristo.

Eso es lo primero que debes entender y aplicar en el trabajo: tienes que trabajar arduamente y obedecer a los que están sobre ti.

 

¡Haz tu trabajo para agradar a Dios!

Esta es la segunda instrucción: haz tu trabajo para agradar a Dios. ¿Cómo debes relacionarte con la persona que te supervisa? En última instancia, de la forma en que te relacionas con Cristo mismo: «Con respeto y temor, y con integridad de corazón, como a Cristo. No lo hagan solo cuando los estén mirando, como los que quieren ganarse el favor humano, sino como esclavos de Cristo, haciendo de todo corazón la voluntad de Dios. Sirvan de buena gana, como quien sirve al Señor y no a los hombres». Esa es una buena porción, pero el punto central es este: procura agradar a Dios y no a las personas. Haz tu trabajo para agradar a Dios. Esta instrucción supone que siempre nos veremos tentados a trabajar por motivos inferiores, a hacer el trabajo por razones equivocadas y a los ojos de las personas equivocadas.

Se me ocurren al menos dos formas distintas en que puedes ser tentado a querer agradar a las personas en lugar de a Dios en tu trabajo. La primera tentación es hacer tu trabajo de tal manera que hagas felices a las personas, pero no de una forma en que pienses primordialmente en agradar al Señor. A menudo es bastante fácil complacer a tu jefe cuando no pones todo el empeño ni entregas tus mejores resultados. Puedes pasar todo el día mirando Facebook, y en cuanto tu jefe entra a la oficina, cierras el navegador y actúas como si trabajaras arduamente. Tal vez burles a tu jefe por un tiempo, pero no a Dios. Esto demuestra que estás más preocupado por cómo te ven otras personas que por cómo te ve Dios. Puede que hagas solo el trabajo suficiente para salirte con la tuya a ojos del jefe. Esa es una forma en que puedes estar agradando a las personas, cuando haces tu trabajo solo lo bastante bien para mantener feliz al jefe.

La segunda forma en que puedes estar tratando de agradar a las personas en vez de a Dios es cuando trabajas para que las personas se fijen en ti en lugar de hacerlo como un medio de adoración al Señor. En este caso, trabajas para hacerte notar. Trabajas hasta muy tarde y te afanas hasta el agotamiento y la extenuación para surgir y hacerte notar. O haces bien tu trabajo no porque anheles hacer un excelente trabajo como reflejo de un Dios excelente, sino porque quieres ser el empleado del mes o poner tu cara en la portada del boletín, o quieres recibir el aplauso de la gente.

Recuerda que en este contexto Pablo se dirige a esclavos, personas que no eran solo empleados sino de hecho propiedad. Pablo les recuerda que incluso como esclavos de amos terrenales, ya son esclavos de Cristo. También tú eres esclavo de Cristo. Tu lealtad última, entonces, no es para tu empleador o gerente, sino para el Señor. En última instancia, no estás trabajando para agradar a tu jefe sino para agradar a Jesús. De él nadie se burla. Sus estándares son superiores. No solo eso, sino que en última instancia él merece tu mejor trabajo en todo tiempo. Trabaja de una forma que lo agrades a él primero.

Y dado que me queda bastante que decir, voy a detenerme en este punto y haré un artículo de dos partes. Continúa mañana.