La historia de nada, de nadie, y de ningún lugar

Mientras he viajado por el mundo este año, he estado leyendo intensamente. Antes de visitar un país, intento leer acerca de su historia: sus sucesos clave, sus victorias y fracasos clave, sus personajes clave. He leído historias completas de muchas de las grandes naciones del mundo, así como de muchas de las menores. En esta lectura, he observado una importante diferencia entre la forma en que los cristianos cuentan la historia y la forma en que la cuentan los no cristianos. En tanto que nuestra cultura ha rechazado cada vez más la noción de la providencia de Dios, y de hecho la existencia misma de Dios, la historia se cuenta de una forma distintivamente atea.

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Como cristiano, mi marco interpretativo consiste en buscar la mano de Dios guiando las naciones. Todas las historias cristianas que he leído promueven la comprensión de que Dios está detrás del levantamiento y la caída de las naciones. Los historiadores, intentando hablar de las cualidades excepcionales de una nación y su pueblo, enfatizan la providencia de Dios en la historia de esa nación. De esta forma, la historia es realmente su historia. Pretende contar la narración de lo que Dios se propone lograr en el mundo que él ha hecho. (Un gran ejemplo de esto es la enorme historia en cuatro volúmenes de Nick Needham, titulada adecuadamente 2,000 Years of Christ’s Power [2.000 años del poder de Cristo]).

Pero al leer las obras de historiadores no cristianos, he visto que su marco interpretativo es totalmente distinto. Dado que ellos no reconocen la existencia de Dios, no pueden reconocer el propósito de Dios. Dado que no reconocen a Dios como creador, no reconocen a Dios como el narrador, aquel que está relatando la historia de su gloria en el mundo. Más bien lo que cuentan es esencialmente una historia de nada, de nadie, y de ningún lugar.

La Biblia relata la historia primordial y no tarda ni un instante en presentarnos a una persona y su propósito: «Dios, en el principio, creó…». En las primeras palabras aprendemos que la historia tiene un inicio, y la historia tiene un iniciador. Detrás de las primeras moléculas en existencia estaba el poder creador y la providencia intencional de un Dios todopoderoso. En seis días lo vemos creando, formando, y sustentando todo lo que ha hecho. Lo vemos formando la corona de su creación, su orgullo y alegría, un ser humano, a quien le asignó un noble propósito. Los historiadores cristianos siguen este patrón al ver el acto deliberado de Dios detrás de cada persona, cada nación y cada acción.

Mi siguiente viaje me lleva a Escocia, y para prepararme, he estado leyendo historias de esa nación. Si ha habido una nación que constantemente ha luchado más allá de sus fuerzas en la historia secular o religiosa, es Escocia. En muchos sentidos, Escocia ha tenido un rol clave en crear el mundo moderno y la iglesia moderna. No me resulta difícil ver la providencia de Dios en la historia de esa nación. No obstante, los historiadores contemporáneos al parecer están decididos a situar esa excepcionalidad en el contexto del naturalismo. Ellos trazan la historia del mundo, y por tanto la historia de la nación, en un contexto de tiempo y azar. La grandeza de Escocia se debe atribuir a nada más que un big bang, miles de millones de años, el azar, y la selección natural. La historia de Escocia es una historia de nada, de nadie, y de ningún lugar.

A comienzos de este año pasé una semana en Hawái, y en nuestro alojamiento encontré un libro sobre la historia de esas islas. Lo abrí y comencé a leer, y me sorprendió —aunque no debió hacerlo— hallar que las primeras 50 páginas estaban dedicadas a una explicación exenta de Dios de la formación de la isla y la evolución de toda la vida sobre ella. También este historiador quería dejar claro que la historia de Hawái es una historia de nada, de nadie y de ningún lugar. Lo mismo pasa con la historia de Nueva Zelanda. Al parecer, también es una nación que simplemente apareció por casualidad y cuya gente no es más que el afortunado producto del tiempo y el azar.

Quizá podamos aprender del apóstol Pablo cuando se dirigió a los sabios de Atenas. «El Dios que hizo el mundo y todo lo que hay en él es Señor del cielo y de la tierra. No vive en templos construidos por hombres, ni se deja servir por manos humanas, como si necesitara de algo. Por el contrario, él es quien da a todos la vida, el aliento y todas las cosas. De un solo hombre hizo todas las naciones para que habitaran toda la tierra; y determinó los períodos de su historia y las fronteras de sus territorios…» (Hechos 17:24-26). Según la Biblia, es Dios quien creó el mundo y es Dios quien determina el rumbo de este mundo. Por lo tanto, una correcta mirada de la historia es aquella que reconoce su existencia y manifiesta la manera en que él se ha estado glorificando a través de este mundo y a través de todos los asuntos del ser humano. No es una historia de nada, de nadie y de ningún lugar, sino una historia de las obras, los actos y la gloria de Dios.