La persistente fetidez del pecado

En algún momento vivimos en los márgenes de un pequeño pueblo rodeado de terrenos agrícolas. Pronto aprendimos que, de todas las criaturas de granja del mundo, los cerdos deben ser los más apestosos. No era inusual conducir por la carretera una tarde calurosa de verano y comenzar a detectar un leve olorcillo a estiércol de cerdo en el aire. Al seguir conduciendo el olor se hacía más fuerte y pronto avistábamos un camión a la distancia. Al acercarnos, casi ahogados por el hedor, veíamos que, con seguridad, iba repleto de cerdos rumbo al matadero. Estos cerdos eran tan hediondos que dejaban una estela de fetidez que se extendía por kilómetros y permanecía por horas.

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Este mundo apesta a problemas y angustias. A veces somos víctimas inocentes del pecado de otras personas y a veces somos participantes intencionales que nos causamos nuestros propios problemas. En otras ocasiones simplemente nos vemos atrapados en la pestilencia de un mundo pecaminoso. En cualquier caso, regularmente somos llamados a responder a situaciones difíciles o incluso tormentosas. ¿Cómo podemos responder? ¿Cómo deberíamos responder? ¿Cuál es la mejor manera de traer esperanza, traer sanidad?

El problema con el pecado es que es demasiado espantoso, demasiado horrible, demasiado pernicioso para permitir soluciones perfectamente limpias y pulcras. Más bien, hay una fetidez que persiste como consecuencia de cualquier gran pecado. Deseamos buenas soluciones o incluso perfectas, pero invariablemente solo hay soluciones mediocres, malas y pésimas. El pecado es demasiado pecaminoso para permitir la perfección.

Pienso en personas que he conocido cuyo matrimonio ha sido remecido cuando un cónyuge ha admitido una adicción o un amorío. Sus amigos, su iglesia, y su familia ofrecieron apoyo y dieron consejos. Pero no hubo una forma pulcra y prolija de sanar una relación destrozada. No hubo una forma limpia y fácil de disolver un matrimonio deshecho. Nunca fue una cuestión de hallar una solución perfecta, sino de hallar la menos mala. ¿Por qué? Porque el pecado es desastroso. Deja pestilencia detrás de sí. Oramos fervientemente, nos esforzamos fielmente, pero en todo momento reconocemos nuestra insuficiencia. Reconocemos que aun nuestros mejores esfuerzos serán imperfectos.

Pienso en iglesias cuyo pastor dejó de vigilar atentamente su doctrina y comenzó a guiar a su iglesia al error. Parte de la iglesia identificó el pecado y expresó su preocupación; parte de la iglesia aceptó el pecado y expresó admiración. Se lanzaron palabras, se tomaron posturas, se abrieron brechas. Las personas ofrecieron sus soluciones, pero ninguna era perfecta, ninguna era precisa. ¿Por qué? Porque el pecado es demasiado pecaminoso, y la fetidez persistió detrás de él. Sería ingenuo esperar una solución perfecta a un problema tan maligno.

Lamentablemente, siempre habrá pequeños desastres a consecuencia de grandes desastres, pequeñas heridas detrás de grandes heridas, preguntas sin respuesta detrás de intentos de solución. Donde hay gran pecado, habrá gran fetidez. Debemos esforzarnos por hallar las mejores soluciones posibles, por brindar la sanidad más profunda y verdadera. Pero simplemente no podemos esperar que haya soluciones perfectas a problemas desastrosos. Al menos no a este lado del cielo. La fetidez del pecado siempre persiste.