La práctica de la confesión

Hace algún tiempo estaba leyendo el sitio de un apologeta católico romano y leí una declaración que mostraba una errada comprensión de la teología protestante. Y puede haber buenas razones para este error. El autor simplemente decía: «Los protestantes no creen en la confesión». La aseveración es correcta solo en la medida que los protestantes no practican la confesión auricular (confesar los propios pecados a un sacerdote a fin de recibir perdón). Esa afirmación junto con otras que he escuchado y leído demuestran que hay un malentendido de la mirada protestante de la confesión. Que Dios nos llama a confesar nuestro pecado es algo que está claramente respaldado en la Escritura. La Biblia nos ofrece una clara enseñanza sobre esta materia. No obstante, este no es un aspecto de la vida cristiana al que los cristianos tiendan a prestarle mucha atención. Hoy quiero mirar brevemente la práctica de la confesión.

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Levítico 16:21 muestra que la confesión es una parte esencial del perdón. «[Aarón] le impondrá las manos sobre la cabeza. Confesará entonces todas las iniquidades y transgresiones de los israelitas, cualesquiera que hayan sido sus pecados. Así el macho cabrío cargará con ellos, y será enviado al desierto…». Aunque la confesión está implícita en la petición de perdón (es necesario admitir una mala acción antes que uno pueda pedir perdón apropiadamente), el modelo Bíblico es de confesión explícita. El sacerdote no simplemente enviaba al macho cabrío al desierto como señal de perdón. Tampoco balbuceaba algunas obviedades y lo consideraba suficiente. Más bien, primero ponía sus manos sobre el animal y confesaba los pecados de la nación. Esto implica que el sacerdote habría confesado los pecados específicos más bien que meramente ofrecer una vaga admisión de la culpa.

El Salmo 32:3-5 muestra el peso del pecado no confesado. «Mientras guardé silencio, mis huesos se fueron consumiendo por mi gemir de todo el día. Mi fuerza se fue debilitando como al calor del verano, porque día y noche tu mano pesaba sobre mí. Pero te confesé mi pecado, y no te oculté mi maldad. Me dije: “Voy a confesar mis transgresiones al Señor”, y tú perdonaste mi maldad y mi pecado». David dice que mientras rehusó confesar su pecado, sus huesos se fueron consumiendo, el peso de la mano de Dios cayó sobre él y su fuerza flaqueó. La carga era psicológica, espiritual y probablemente física también. Finalmente, después que David confesó su pecado delante de Dios, experimentó el perdón de Dios. Al final del salmo, vemos una transformación radical. David está feliz, cantando y alegrándose en su canción. David nos muestra que la confesión es un aspecto necesario de la salud espiritual.

Muchos cristianos en algún momento han aprendido el acrónimo ACAS como modelo de oración. Adoración, Confesión, Agradecimiento y Súplica es una manera apropiada y lógica de ordenar la oración. Este modelo tiene lógica. El darle a Dios la adoración debida a su nombre inevitablemente nos preparará para la confesión. El enfocarnos en los atributos de Dios nos ayudará a ver dónde hemos estado por debajo de sus estándares. Parte de nuestra adoración es enfocarnos en los atributos de Dios que compartimos con él antes de nuestra caída en el pecado. Por ejemplo, podemos darle gloria a Dios por ser perfecto en santidad. Al hacerlo, esto nos abre los ojos al hecho de que esta perfección es el estándar de Dios para nosotros. Él no exige ni espera menos de nosotros. Una vez que hemos establecido quién es Dios y lo que ha hecho, no podemos evitar percibir que nuestra vida y carácter distan mucho de la perfección que él exige. La reacción de un corazón contrito y quebrantado no puede ser otra que la confesión de nuestra pecaminosidad ante él en tanto que comenzamos a derramar nuestras peticiones ante él.

Así que, ¿cómo es realmente la confesión? Estos son algunos indicadores:

La confesión es específica: tal como en la mayoría de las cosas en la vida, y en particular en la vida cristiana, hablar de manera específica es superior a hablar generalidades. Cometemos pecados específicos y por tanto necesitamos confesarlos específicamente. Considera, por ejemplo, a alguien que lucha con sentimientos de celos. Orar «confieso que soy celoso» es menos específico que orar «confieso que estoy celoso de los talentos que le has dado a tal persona». Mientras más específicos somos, más le mostramos a Dios que hemos pensado sobre nuestros pecados y realmente nos dolemos por ellos. Un reconocimiento vago del pecado muestra que solo estamos vagamente arrepentidos.

Confesar las consecuencias. La verdadera confesión implica no solo mirar el pecado que cometimos sino también la manera en que este pecado nos ha afectado. Es más que una admisión de culpabilidad, es un proceso de examen del alma para ver dónde el pecado ha echado raíz en nuestra vida. Así que necesitamos examinar nuestra alma y luego confesar no solo el pecado sino también los efectos del pecado. «Confieso que estoy celoso de los talentos que le has dado a tal persona» es un buen punto de partida, pero orar: «Confieso que estoy celoso de los talentos que le has dado a tal persona, y esto me causa resentimiento hacia ti por no bendecirme de esa forma. Además, esto daña mi relación con esa persona…» demuestra que he examinado mi alma y he visto la manera en que mi pecado me afecta.

La confesión precede al perdón. La confesión nos lleva a pedir perdón. La confesión nos lleva a postrarnos delante de Dios, literal o figuradamente, para pedirle perdón. La confesión, en sí misma, no es suficiente. En nuestro sistema judicial, un delincuente puede declararse culpable de un delito, pero esto no necesariamente indica que lamenta lo que ha hecho. Asimismo, necesitamos pedirle perdón a Dios, no solo confesarle nuestro pecado.

Confesión ante alguien a quien hemos perjudicado. Puede haber ocasiones en que nuestro pecado requiere que confesemos y pidamos perdón a alguien a quien nuestro pecado haya afectado. Debemos tener cuidado en esto, porque hay ocasiones en las que nuestro pecado debería quedar solo entre nosotros y Dios, especialmente si el revelarlo a otros solo les causaría más daño y perjudicaría las relaciones. Saber cuándo es apropiado confesar delante de los hombres y cuándo es mejor confesar delante de Dios es un asunto de sabiduría, que depende de conocer la Palabra de Dios y ser lleno de su Espíritu.

Confesión delante de los hombres. A veces puede ser sabio confesar nuestros pecados ante un amigo u otra persona de confianza. Este es un aspecto de nuestra confesión que a menudo pasamos por alto, quizá porque no es parte de nuestra herencia protestante o quizá porque no nos resulta natural querer confesar el pecado a otros. La confesión es terapéutica (en el mejor sentido de la palabra). Si bien puede no ser necesario que confesemos nuestro pecado a una persona contra la que hemos pecado (insisto, esto depende de la situación específica), aún así puede ser útil confesarle este pecado a un amigo cercano para que esta persona pueda luego orar con nosotros, orar por nosotros, y ayudarnos a creer en la seguridad del perdón de Dios.

En su álbum The House Show, Derek Webb presenta una extensa introducción hablada a su canción «I Repent» (Me arrepiento) donde dice que a menudo lo mejor para nosotros podría ser que nuestros pecados más profundos y oscuros, aquellos que más nos empeñamos en ocultar, fueran expuestos al mundo y difundidos desde los techos. Después de todo, si nuestros pecados fueran expuestos, no tendríamos forma de escondernos de ellos y tendríamos que tratarlos. Desde luego, esta es exactamente la manera en que nuestros pecados han sido expuestos a Jesús. Jesús los ve y los conoce todos. Con todo, alabado sea Dios, si lo conocemos, ¡todos nuestros pecados han sido perdonados! Habiendo confesado nuestro pecado y habiendo pedido perdón, tenemos la seguridad de Dios de que él nos ha perdonado. «Tan lejos de nosotros echó nuestras transgresiones como lejos del oriente está el occidente». Necesitamos creer en esta promesa, creyendo que nuestros pecados han sido pagados por Cristo. Naturalmente, ahora nuestra reacción debería ser de gozo, en tanto que agradecemos a Dios por permitir que Cristo tomara en sí mismo nuestro pecado. Finalmente, habiendo confesado y habiéndole agradecido por el perdón, podemos presentarle nuestras peticiones, y pedirle que nos ayude a volvernos de nuestro pecado y asemejarnos cada vez más a su Hijo.

La confesión, entonces, es parte esencial de la fe protestante y una parte necesaria de nuestro andar cristiano. Si bien es bastante distinta a la confesión católica romana, no es una parte menos importante de nuestra fe.