La señal inequívoca de madurez cristiana

Supongo que todos sabemos que como cristiano tenemos que crecer, madurar. Comenzamos como infantes en la fe y necesitamos desarrollarnos hasta ser adultos. Los escritores del Nuevo Testamento insisten en que debemos hacer esta transición desde la leche a la comida, desde la mesa de los niños al banquete de los adultos. No obstante, a pesar de que estamos conscientes de que debemos pasar por este proceso de maduración, muchos estamos inclinados a medir la madurez de formas equivocadas. Nos engañamos fácilmente. Esto es especialmente cierto, me parece, en una tradición como la reformada, que (correctamente) hace un gran énfasis en el aprendizaje y en los datos de la fe.

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Cuando Pablo le escribe a Timoteo, le habla de la naturaleza y el propósito de la Biblia y le dice: «Toda la Escritura es inspirada por Dios y útil para enseñar, para reprender, para corregir y para instruir en la justicia, a fin de que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra» (2 Timoteo 3:16-17). La palabra enteramente tiene relación con la madurez. Pablo dice que Timoteo —y por extensión tú y yo, y todos nosotros— está incompleto, inacabado, y es inmaduro. La Biblia es el medio que Dios usa para completarnos, acabarnos, para hacernos madurar.

Pero ¿qué significa ser un cristiano maduro? Pienso que tendemos a creer que los cristianos maduros son los que conocen muchos datos acerca de la Biblia. Los cristianos maduros son aquellos que conocen su teología de la A a la Z. Pero mira lo que dice Pablo: «Que el siervo de Dios esté enteramente capacitado para toda buena obra». Pablo no dice «que el siervo de Dios pueda conocer enteramente los libros de la Biblia al revés y al derecho», ni «que el siervo de Dios sea enteramente capaz de explicar y definir el supralapsarianismo frente al infralapsarianismo». No dice «que el siervo de Dios sea enteramente capaz de dar un bosquejo estructural de cada carta paulina». Todo esto es bueno, pero no es el énfasis de Pablo. Pueden ser señales de madurez, también pueden ser máscaras que esconden la inmadurez.

Cuando Pablo habla de ser completo y maduro, apunta a las acciones, a hechos, a «toda buena obra». La Biblia tiene el poder de hacernos madurar, y cuando nos comprometemos a leerla, entenderla y obedecerla,  necesariamente crecemos en la fe. Esa madurez se manifiesta en las buenas obras que hacemos más que en el conocimiento que recitamos. Y eso es exactamente lo que Dios quiere de nosotros: que seamos hacedores maduros y en maduración de buenas obras que se deleitan en hacer el bien a los demás. Este énfasis en las buenas acciones es un tema significativo en el Nuevo Testamento (ver Efesios 2:10; Tito 2:14, etc.) y precisamente la razón por la que Dios nos salvó.

Esto significa que la madurez espiritual se manifiesta mejor en actos que en datos. Uno puede conocer todo lo que hay que saber en teología, uno puede ser una teología sistemática andante, puede pasarse la vida capacitando a otros en el seminario, y aun así ser extremadamente inmaduro. Seguirás siendo inmaduro si ese conocimiento que acumulas no te motiva a hacer el bien a los demás. Los cristianos maduros son los que glorifican a Dios haciendo el bien a los demás, quienes externalizan su conocimiento en buenas acciones.

Por supuesto, los datos y los actos no están totalmente desconectados, así que este no es un llamado a relajarse en la lectura, el estudio y la comprensión de la Biblia. ¡En absoluto! Mientras más conoces la Biblia, más puede enseñarte, reprenderte, corregirte y capacitarte, y de esa forma moldear tus acciones y llevarte a realizar los mejores actos de la mejor forma por los mejores motivos. Más conocimiento de Dios mediante su Palabra debe conducir a más y mejor servicio a los demás.

Pero, a fin de cuentas, Cristo vivió y murió para poder «rescatarnos de toda maldad y purificar para sí un pueblo elegido, dedicado a hacer el bien» (Tito 2:14). El conocimiento de Dios y su Palabra es bueno. Pero nada glorifica más a Dios que el conocimiento de Dios y su Palabra que se ejercita en hacer lo que beneficia a otros.