La virtud perdida del autocontrol

Son dos vidas diferentes las que yo llevo. Dos diferentes tipos de vida. Está la vida que amo, pero es muy difícil de mantener, y está la vida que odio, pero muy a menudo me veo tentado hacia ella. La primera es una vida de disciplina y autocontrol, mientras que la segunda es una vida de desorganización e inestabilidad. Amo la primera vida, pero estoy constantemente deslizándome hacia la segunda.

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La Biblia elogia el autocontrol y la disciplina. Se nos dice que el autocontrol es fruto del Espíritu, una huella de la presencia de Dios en nuestra vida. Se nos dice que nos disciplinemos y entrenemos para la piedad (1 Timoteo 4:7), que nos esforcemos por los hábitos y patrones que nos llevarán a pensamientos santos, deseos santos y una vida santa.

Considero que el autocontrol es una virtud perdida, una cualidad que ignoramos demasiado fácilmente. Pienso que podemos sentirnos incómodos con la idea misma del autocontrol porque nos encanta enfatizar la gracia. De alguna forma, la gracia pareciera equipararse con la libertad de la estructura, con la libertad de la rigidez. Nos alegramos en la libertad del evangelio, sin darnos cuenta de que este no nos libera del autocontrol sino para el autocontrol. Dado que ya no dependemos de nuestros hábitos y patrones para disciplinarnos para salvación, podemos utilizarlos felizmente para disciplinarnos hacia la santificación.

El autocontrol y la disciplina son dones que podemos usar para refrenar el pecado y promover la santidad. Son dones que podemos usar para obstaculizar los viejos hábitos y promover otros patrones nuevos y mejores.

Yo amo mi vida de disciplina y autocontrol. Odio mi vida de confusión e inestabilidad. Y no obstante, esa vida siempre está invitando, siempre está llamando. En el preciso momento en que empiezo a dejarme llevar, me alejo del control hacia el caos. Me deslizo de la disciplina hacia la desorganización.

Como cristiano, estoy influenciado por un hombre viejo y uno nuevo, el hombre que era y el hombre en el que me estoy convirtiendo. El nuevo hombre ama ver cada momento como un don de Dios que debe ser bien administrado; el hombre viejo ama desperdiciar el tiempo y la oportunidad, un momento a la vez. El nuevo hombre ve el beneficio de llevar una vida disciplinada; el hombre viejo insiste en que el esfuerzo no vale la pena. El nuevo hombre ve que los patrones y hábitos pueden ser renovados, redimidos y usados para bien; el hombre antiguo grita que esto es debilidad, una muleta para la persona que carece de una mejor motivación.

A medida que el verano da paso al otoño —a medida que el caos veraniego da paso a la organización otoñal— este es el momento para renovar mi compromiso con una vida de autocontrol, una vida que es disciplinada hacia la piedad. Es momento de renovar mi compromiso con su total bondad, y su evidente valor. No hay mejor momento que ahora mismo.