Lo que ganamos cuando perdimos nuestros himnarios

Hace algunas semanas escribí un artículo titulado «Lo que perdimos cuando perdimos nuestros himnarios», ¡y quedé más bien sorprendido al ver que 300.000 personas se detuvieron a leer la versión en inglés! Mi intención era señalar que el cambio de un medio a otro trae consecuencias; en este caso, el cambio de los himnarios al uso del proyector (cualquier forma de proyección). Es cierto acerca de cualquier tecnología que esta trae beneficios y problemas. Ni los himnarios ni los proyectores están exentos de esta regla.

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Mientras que aquel artículo se enfocó en lo que perdimos cuando pasamos de los himnarios a la proyección, hoy quiero enfocarme en lo que ganamos. Cuando nuestras iglesias dejaron los himnarios para cantar con letras proyectadas en una pantalla, esto es parte de lo que ganamos.

Ganamos inmediatez. No todas las buenas canciones son antiguas. De hecho, hoy vemos un gran resurgimiento de la himnodia que ha generado muchas canciones nuevas extraordinarias. Hay algunas que son casi demasiado buenas para no cantarlas. No obstante, los himnarios nos hacían esperar años o incluso décadas antes de que pudiéramos añadirlas a nuestros servicios. «Solo en Jesús» se convirtió en una canción moderna esencial en parte porque la proyección facilitó su inclusión en nuestros servicios. Otras canciones como «Él me sostendrá» o «Ante el trono celestial» merecen ser cantadas y pasar la prueba del tiempo, pero solo pueden ser cantadas fácilmente en iglesias que no dependen de los himnarios. La proyección reduce la tardanza entre las grandes canciones nuevas y la actualización de los himnarios.

Ganamos postura. Los himnos nos obligaban a tomar determinada postura física. Teníamos que sostener el himnario en una mano (o incluso ambas) y mirar la letra hacia abajo. Por lo tanto, la postura con los himnarios era rígida y fija. El proyector muestra las letras en una pantalla elevada y no nos pide tener nada en las manos. En consecuencia, la postura con el proyector es abierta y libre, lo cual puede ser una postura superior para la adoración, y especialmente para la adoración físicamente expresiva, algo que la Biblia aparentemente permite o incluso promueve. Cuesta levantar las manos en adoración mientras se sostiene un himnario de 500 páginas de más de 1 kilo. Más difícil aún es aplaudir.

Ganamos variedad. Sin duda hay una línea difusa entre un himno y un coro. «The Gospel Song» probablemente no sea el tipo de canción que llegaría a muchos himnarios, pero tiene una sólida letra y puede ser una bella adición a la adoración. Hay muchos otros coros que no se ajustan al «molde del himnario», si bien son bíblicos, intencionales, y fáciles de cantar. En un grado significativo, los himnarios promovieron cierto tipo de canciones mientras excluyeron otras. No obstante, la Biblia nos da libertad para adorar con «salmos, himnos y canciones espirituales», para adorar a Dios en cada variedad de canción. La proyección nos ayuda en esto.

Ganamos portabilidad. En muchos lugares del mundo los templos están prohibidos, son escasos, o más costosos de lo razonable. Ese es exactamente el caso aquí en Toronto, donde la mayoría de las congregaciones nuevas deben arrendar espacios en escuelas, bibliotecas o centros comunitarios. Transportar varios cientos de himnarios a un edificio es difícil si lo comparamos con el simple transporte de un computador portátil y un proyector. El proyector tiene una conveniencia y portabilidad que los himnarios no tienen. Doscientos cincuenta himnarios cuestan alrededor de 6.000 dólares; se puede adquirir un computador portátil y un proyector por una fracción de esa cifra.

Ganamos espontaneidad. La proyección permite un tipo de espontaneidad que puede estar ausente cuando se depende de los himnarios. En un reciente compromiso, yo cité la letra de una canción en mi sermón, y con uno o dos clicks, el líder de alabanza pudo añadirla de inmediato como la canción de respuesta. Esto no habría sido posible si esa iglesia hubiera usado himnarios (a menos que, por supuesto, esa canción hubiera estado en el himnario).

Ganamos servicio. Nuestros himnarios reflejan un proceso de revisión donde cientos de miles de himnos fueron reducidos a unos pocos cientos. Esto sucedió por generaciones de cristianos que pasaron a tientas a través de terribles himnos para, con el tiempo, poder establecer los pocos que son excelentes. Recordemos que honramos a Charles Wesley por sus diez o veinte himnos que hoy seguimos cantando, y felices olvidamos los otros 5.980. Tenemos la oportunidad de servir a las futuras generaciones cantando una variedad de canciones de hoy y, al hacerlo, separamos lo bueno de lo malo y lo mejor del resto.

La realidad es que ni los himnarios ni los proyectores son totalmente buenos o malos. Ambos tienen beneficios y ambos tienen inconvenientes (que es lo que deberíamos esperar de cualquier tecnología o innovación que exista en un mundo pecaminoso). Lo importante es que sopesemos y evaluemos adecuadamente ambos a la luz de nuestro contexto y decidamos cuál servirá mejor a nuestra iglesia local.