No hay excusa para predicar malos sermones

Cuando era adolescente, un día me puse a hurgar en el ático y encontré la vieja cámara de mi papá. El solo hecho de encontrarla encendió un interés por la fotografía, y decidí aprender a usarla. No obstante, pronto descubrí que la fotografía no es fácil. Al menos en esa época por cierto no lo era. Encontré que debía dominar el arte y la ciencia de la exposición y para ello tenía que aprender a usar un medidor de luz que, a su vez, requería un viaje a la biblioteca. También tenía que aprender las fortalezas y debilidades de las diversas opciones de película y debía hallar una tienda que pudiera revelarlas. Dado que la película era cara, tenía que tomar fotos sensatamente y aprovechar al máximo cada toma. Cuando por fin efectivamente tomé algunas fotos, los resultados fueron bastante lamentables. Todo esto resultó ser demasiado para mí y pronto me rendí.

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Décadas más tarde regresé a la fotografía y encontré que la era digital prácticamente lo había cambiado todo. La película es un vestigio del pasado y ahora solo estamos limitados por el tamaño de nuestras tarjetas SD. Lo automático ha reemplazado muchas de las funciones básicas de la cámara. El surgimiento de YouTube y los sitios de tutoriales proveen entrenamiento gratuito. La fotografía se ha transformado por completo. Realmente ya no hay excusa para ser un mal fotógrafo. Las herramientas de hoy son demasiado buenas para justificarlo. Usa las herramientas disponibles y fácilmente deberías ser capaz de tomar algunas fotos bastante decentes.

Pero aquí está el problema: una excesiva confianza en las herramientas incluidas puede impedir que aprendamos las nociones básicas de fotografía y sin esas nociones cuesta ser mejor que decente. El campo de la fotografía ahora está saturado de aficionados que pueden conseguir resultados bastante buenos con sus cámaras automáticas y sus programas de procesamiento, pero al parecer hay menos profesionales que realmente estudian el arte y la ciencia de la fotografía y cuyo trabajo exhibe verdadera excelencia. (Y, para que quede claro, yo me sitúo firmemente en las filas de los aficionados).

Se me ocurre que lo que es cierto acerca de los fotógrafos también lo es, en alguna medida, acerca de los predicadores. Tal como la era moderna nos ha dado tan buenas herramientas que no tenemos excusa para tomar fotos malas, también nos ha dado herramientas que nos dejan sin excusa para preparar malos sermones. Las herramientas de hoy son demasiado económicas, demasiado buenas y están demasiado ampliamente disponibles para ello.

Ahora bien, seamos claros: en la predicación hay pocas garantías. Hace poco pasé toda la semana preparando un sermón que yo creía que en lo fundamental era sólido. Llegó la mañana del domingo y estaba muy entusiasmado por predicarlo a la gente que amo. Pero tan pronto como pasé al frente de la sala, experimenté un ataque de vértigo o algo parecido y estuve todo el tiempo luchando simplemente por mantenerme en pie. Estoy muy seguro de que mi entrega fue decepcionante, a pesar de que el contenido era sólido. Como dije, hay pocas garantías.

Pero la idea se mantiene: hoy tenemos extraordinarios recursos a disposición. No hay excusa para preparar sermones que no aborden fielmente el texto. No hay excusa para presentarnos un domingo por la mañana con un sermón que ha equivocado completamente el tema de un pasaje, que muestre un malentendido fundamental de las palabras clave, o que no perciba las conexiones entre los pasajes relacionados. Aun si no hemos construido una colosal biblioteca teológica en Logos o no tenemos una estantería repleta con los últimos comentarios, tenemos acceso gratuito a cientos de comentarios, traducciones bíblicas, diccionarios, estudios de palabras, y enciclopedias. Tenemos vastas colecciones de sermones de algunos de los grandes predicadores de la historia. Todo está ahí a disposición.

No obstante, la precaución que extendemos a los fotógrafos también se debe extender a los predicadores. Las mismas herramientas que no nos dejan excusa para predicar malos sermones pueden impedir que seamos predicadores hábiles. Pueden disuadirnos de estudiar y aprender lo fundamental sin lo cual cuesta ser mejor que decente. Es muy simple desviarse desde la lectura de un sermón como medio de aprender cómo abordó el texto otro predicador, a imitar completamente su mensaje. Es tentador evadir el arduo trabajo de entregarse a un texto en oración para saltar directo a aquellos recursos. Las mismas herramientas que pueden ayudarnos también pueden estorbarnos. Las herramientas que pueden evitar que prediquemos malos sermones también pueden impedir que prediquemos sermones excelentes.