No hay mejor vida

El antiguo catecismo lo dice acertadamente: el fin principal del hombre es glorificar a Dios y gozar de él para siempre. Tú y yo existimos para la gloria de Dios. Eso lo entendemos. Pero ¿cómo? ¿Cómo glorificamos a Dios? Quiero mencionar cuatro simples formas en las que puedes glorificar a Dios hoy y cada día.

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Glorifica a Dios admirando a Dios

Tú glorificas a Dios admirando a Dios, simplemente apreciándolo por quién es él y por lo que ha hecho. En la Biblia vemos abundantes ejemplos de estos dos aspectos.

Considera a Pablo admirando a Dios al final de Romanos 11. Pablo ha pasado todo este tiempo analizando la gran necesidad del ser humano y la gran provisión de Dios en Jesucristo, y luego simplemente no puede evitarlo: «¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Qué indescifrables sus juicios e impenetrables sus caminos!… Porque todas las cosas proceden de él, y existen por él y para él. ¡A él sea la gloria por siempre!» (Romanos 11:33, 36). Sencillamente tiene que irrumpir en este breve canto de adoración, este canto que da gloria a Dios.

También puedes admirar a Dios por quién es él, considerando su carácter y sus atributos. Esto lo vemos en la breve doxología al final de Judas: «¡Al único Dios, nuestro Salvador, que puede guardarlos para que no caigan, y establecerlos sin tacha y con gran alegría ante su gloriosa presencia, sea la gloria, la majestad, el dominio y la autoridad, por medio de Jesucristo nuestro Señor, antes de todos los siglos, ahora y para siempre! Amén» (Judas 24-25). Judas considera quién es Dios y luego naturalmente lo glorifica.

Tú glorificas a Dios mediante tu admiración de su carácter y sus caminos. ¿Tienes el hábito de admirar a Dios?

Glorifica a Dios adorando a Dios

Tú glorificas a Dios adorando a Dios. Tan solo piensa en el Salmo 29, que comienza así:

Tributen al Señor, seres celestiales,

tributen al Señor la gloria y el poder.

Tributen al Señor la gloria que merece su nombre;

póstrense ante el Señor en su santuario majestuoso.

La voz del Señor está sobre las aguas;

resuena el trueno del Dios de la gloria;

el Señor está sobre las aguas impetuosas.

La voz del Señor resuena potente;

la voz del Señor resuena majestuosa.

La adoración es uno de los grandes privilegios de la vida cristiana (razón por la que hace un tiempo pregunté «¿Qué perdería si perdiera la adoración?»). La adoración es atribuirle a Dios su propia dignidad. Es «el arte de perderse a sí mismo en la devoción por otro». Cuando lo adoramos, le damos honor, lo magnificamos a la vista de aquellos que nos acompañan. Declaramos que él es el sentido y el propósito de nuestro mundo entero y toda nuestra experiencia. Dios es glorificado en esta clase de adoración donde uno se olvida de sí mismo.

¿Amas adorar? ¿Aprovechas cada oportunidad de adorar? ¿Adoras por causa de Dios y para la gloria de Dios?

Glorifica a Dios obedeciendo a Dios

Tú glorificas a Dios obedeciendo a Dios. Esto es cierto ya sea que esa obediencia se exprese a través del carácter o de la acción. Glorificas a Dios llevando una vida de obediencia, haciendo las cosas que él dice que se hagan, y rehusando hacer lo que él prohíbe. El Nuevo Testamento nos dice con total claridad que existe una vieja manera de vivir de la cual Dios dice que nos apartemos, y una nueva forma de vivir que él nos dice que adoptemos.

Cuando dejas de pecar, cuando le das muerte a esas malas acciones y malos deseos, eso hace que Dios se vea grandioso, le da gloria a su nombre. Dios se ve grandioso cuando comienzas a vivir justamente y, más aún, cuando anhelas comportarte justamente. ¿Por qué? Porque demuestras que el poder de Dios está activo en ti.

Dios se glorifica en tu santidad, no en tu pecado. ¿Creces en santidad para que Dios sea glorificado? Dios se glorifica en tus actos abnegados, no en tus actos egoístas. ¿Amas y sirves a los demás?

Glorifica a Dios deleitándote en Dios

Finalmente, tú glorificas a Dios deleitándote en Dios. Deleitarse en Dios es tener un gran afecto por él, que tu corazón se conmueva por él, hallar el gozo último en él. Es amar y anhelar hacer cosas que lo hagan ver grandioso. Es comprometer todo lo que eres y todo lo que tienes en una búsqueda total de Dios. Como dijo Jesús, es «ama[r] al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente» (Lucas 10:27). Cuando te deleitas en Dios, expresas un amor libre y voluntario hacia él. Ves a Dios como un gran tesoro que es digno de que lo busques, digno de tus afectos.

Me encanta como lo dice Thomas Watson: «Los verdaderos santos son serafines que arden de amor santo a Dios». ¿Se podría decir de ti que ardes de amor a Dios?

No hay mejor vida

Dios hace todas las cosas para su gloria. Si puedes captar esto en tu mente y llevarlo a tu corazón, transformará tu forma de ver el mundo y tu forma de vivir en el mundo. Lo cambiará todo. Te permitirá ceder el orgullo y el estatus con tal de que Dios sea glorificado. Te permitirá ceder los sueños de toda tu vida y los pecados atesorados con tal de que Dios sea glorificado. Incluso te permitirá ceder tu vida con gozo, creyendo firmemente que Dios será glorificado. No hay mejor vida que la vida vivida por causa y por la gloria de Dios.

 

Nota: Estos cuatro puntos fueron extraídos, a grandes rasgos, del comentario de Thomas Watson sobre el Catecismo Menor de Westminster.