¡No hay nada trivial en la oración!

Hace muchos años, mucho antes que hubiera blogs, redes sociales y YouTube, Neil Postman hizo esta pregunta: «¿Con qué frecuencia ocurre que la información que se te entrega en la radio o la televisión en la mañana, o en el periódico matutino, ocasiona la alteración de tus planes para el día, o te lleva a realizar ciertas acciones que de otro modo no habrías realizado, o te proporciona ciertas ideas sobre un problema que necesitas resolver?». Puede que el informe del tiempo te obligue a tomar el paraguas a la salida, o la noticia de una oleada local de delitos te recuerde que te asegures de haber cerrado las ventanas antes de irte a dormir. Pero en general, las noticias que uno escucha no producen ninguna respuesta, no motivan ningún cambio en nuestra vida, no causan ningún impacto en nuestra rutina. Suscitan emociones y opiniones, pero rara vez inducen acciones.

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Postman describe esto como «un gran círculo de impotencia: las noticias nos sacan diversas opiniones acerca de las cuales uno no puede hacer nada excepto ofrecerlas como más noticias, acerca de las cuales uno no puede hacer nada». Si esta era una preocupación en los comienzos de la era de las noticias por televisión y cable, cuánto más es una preocupación hoy cuando vivimos gran parte de nuestra vida en el resplandor de nuestros pequeños rectángulos brillantes y su interminable flujo de noticias, información y opiniones entregadas instantánea y constantemente desde cada rincón del planeta. A menudo he deseado que Postman estuviera aquí para ayudarnos a dirigir este extraño nuevo mundo al que hemos llegado. Podríamos usar su ayuda.

Postman tenía razón en muchos aspectos, pero se equivocaba en uno clave: no podemos hacer nada respecto a las noticias. Siempre hay una cosa que podemos hacer: podemos orar. En el último tiempo, la oración ha sido difamada como una práctica insignificante, ineficiente o incluso cruel como respuesta al dolor, prueba o dificultad de otra persona. Algunos de aquellos que oran han sido avergonzados y silenciados en su oración, pues les han dicho que la frase «voy a orar por ti» es una promesa trivial, ridícula y sin sentido. Pero no debería serlo.

Como cristianos, creemos en el poder de la oración. Creemos que no hay nada trivial en la oración. Al contrario, oramos antes de actuar, oramos mientras actuamos, y oramos después que actuamos. Hacemos de la oración algo esencial, no complementario para todo lo que somos y todo lo que hacemos. Hacemos de la oración un asunto de primera prioridad y no una secuela. Tenemos una confianza inamovible en su poder y efectividad.

¿Por qué? Porque para los cristianos la oración no se trata meramente de decir palabras al vacío. No es pedir un deseo a una estrella. No es convocar pensamientos positivos en un universo frío e indiferente. La oración es un niño que hace una petición a su Padre amoroso; es un hijo que reclama su generosa primogenitura; es un salvado que obedece a su benigno Salvador. La oración es hablar con el Padre a causa del amor del Hijo bajo la mediación del Espíritu. La oración es aferrarse a las promesas de Dios y repetir aquellas promesas a aquel que las hizo. ¿Cómo podría no ser poderosa, efectiva y significativa?

No hay nada trivial, nada mínimo en un «voy a orar por ti». Decir «voy a orar por ti» es decir: «Voy a hablar con el Autor y Creador de todas las cosas. Él es mi Padre y me invita a ir a él en cualquier momento. Le hablaré acerca de estas cosas. Voy a implorar sus promesas. Hablaré con el único Ser en el universo que tiene todo conocimiento y todo poder y que es perfectamente bueno, y le pediré que ayude, que interceda, que conceda gozo, paz y sentido».

En lo que respecta a la oración, no hay nada trivial en ello. A veces podemos y debemos hacer más que orar, pero nunca debemos hacer menos que orar.