Nuestro Dios olvidadizo

Hay ciertas cosas que simplemente no puedo olvidar. Hay algunos agravios que me han causado que no puedo borrar de mi mente. Lo intento, oro por ello. No quiero recordarlos. No quiero que permanezcan en mi memoria o vuelvan a mi mente. Pero de algún modo no logro olvidarlos. De alguna forma, tarde o temprano vuelven, y me inundan una vez más con todos esos pensamientos, sentimientos y emociones.

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Hay ciertas cosas que Dios simplemente no puede recordar. Mejor dicho quizá, hay ciertas cosas que Dios sencillamente no recuerda. Hay algunos agravios que se le han causado que él no traerá a su mente. Él no quiere recordarlos. No necesita recordarlos. Estos nunca vuelven, inundándolo con todos esos pensamientos, sentimientos y emociones. Son borrados de su mente y desaparecen para siempre.

«Yo soy el que por amor a mí mismo borra tus transgresiones y no se acuerda más de tus pecados» (Isaías 43:25). «Yo les perdonaré su iniquidad, y nunca más me acordaré de sus pecados» (Jeremías 31:34). «Yo les perdonaré sus iniquidades, y nunca más me acordaré de sus pecados» (Hebreos 8:12). «Y nunca más me acordaré de sus pecados y maldades» (Hebreos 10:17).

Mirando toda esta evidencia, Charles Spurgeon dice: «Esto es para mí una maravilla, la mayor de todas, que Dios diga que va a hacer lo que en cierto sentido no puede: que use un lenguaje que incluye imposibilidad, y que no obstante ello sea estrictamente cierto como él lo pretende». Él pretende que nosotros sepamos que «su perdón es tan verdadero y profundo que implica un olvido absoluto, un olvido total de todas las malas acciones de los perdonados». Dios hace a un lado nuestro pecado de manera tan completa, tan cabal, tan absoluta, que es como si lo olvidara por completo. Él ha tratado de tal manera nuestro pecado que ya no lo considera, no reflexiona sobre él, no permite que este cambie su forma de pensar sobre nosotros, no busca una nueva justificación para reparar nuestras transgresiones. «El corazón del Gran Padre no sigue pensando en los agravios que hemos cometido. Su mente infinita no sigue repasando la historia de nuestras maldades. Oh, no. Si hemos huido a refugiarnos en Cristo, el Señor ya no recuerda nuestro pecado. El historial de nuestra iniquidad es quitado, y el juez ya no tiene memoria judicial de ella».

Las mismas cosas que yo no puedo olvidar son precisamente las cosas que Dios no recordará.