Por qué no soy continuacionista

Hoy llego al final de la serie que he titulado «Por qué no soy…». El propósito de esta serie ha sido dar una mirada a las cosas que no creo, y en todo momento mi deseo ha sido explicar más bien que persuadir. Hasta aquí he contado por qué no soy ateo, católico romano, liberal, arminiano, paidobautista, dispensacionalista, ni igualitario. Hoy quiero explicar por qué no soy continuacionista o, si lo prefieres, carismático.

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Una vez más, necesitamos comenzar con definiciones. «Continuacionismo es la creencia en que los dones sobrenaturales del Espíritu Santo enseñados en la Biblia —tales como la profecía, las lenguas, la interpretación de lenguas, sanidad, y milagros— no han cesado y están disponibles para el creyente hoy en día. El continuacionismo es lo opuesto al cesacionismo, el cual enseña que los dones sobrenaturales han cesado o cuando se completó el canon de la Escritura o con la muerte del último apóstol» (www.theopedia.com). En otras palabras, este es un asunto sobre si ciertos dones milagrosos que en un momento estuvieron activos siguen activos hoy. Yo creo que esos dones milagrosos han cesado.

Una vez más, mis creencias en este asunto no se separan fácilmente de mi trasfondo. Al crecer en iglesias reformadas conservadoras, no conocí ningún continuacionista. Solo supe que tales personas existían cuando escuché a mis padres hablar con vergüenza acerca de su anterior introducción al pentecostalismo. Ellos nos contaron de sus intentos de recibir el don y su creciente reconocimiento de que sus amigos que hablaban lenguas simplemente pronunciaban frases repetitivas sin sentido. No fue sino hasta que tuve veintitantos y era bautista que encontré por primera vez las lenguas. La banda en una conferencia de adoración entró a un momento de «adoración espontánea» y de inmediato muchas personas a mi alrededor comenzaron a hacer extraños sonidos. Me tomó algunos minutos entender lo que estaba ocurriendo.

Una introducción más formal al continuacionismo llegó cuando encontré Sovereign Grace Ministries. Yo me había enterado de este ministerio a través de conexiones en internet y luego a través de los libros de C. J. Mahaney. Asistí a una de sus conferencias de adoración y aquí vi lo que ellos llamaban profecía: canciones proféticas que pretendían comunicar verdad divina a las personas en la audiencia. («El Espíritu Santo me está dando una canción. Creo que esta canción es para todas las personas aquí de nombre Katie. Si tu nombre es Katie, por favor ven al frente, pues el Espíritu Santo tiene algo que decirte». Lo que encontré en esa conferencia y en estas iglesias fueron personas piadosas, amables y comprometidas con la teología reformada, pero también firmemente carismáticas. Aunque ciertamente yo no estaba impresionado por este ejemplo de profecía, estaba cautivado por las personas, por su amor al Señor, y por su entusiasmo en la adoración que volví a casa preguntándome si mi familia debería hallar una forma de unirse a ellos. Por primera vez vi que el continuacionismo no necesariamente se oponía a la sana doctrina.

Fue en este momento y en este contexto que comencé a leer, que comencé a reflexionar y comencé a examinar la Biblia para ver lo que dice acerca de la continuación o cesación de los dones milagrosos. Leí defensas del continuacionismo escritas por los teólogos del movimiento carismático: Wayne Grudem y Sam Storms vienen a la mente. Vi líderes que admiro profesar su postura de que los dones siguen operativos hoy. También leí Charismatic Chaos de MacArthur, entrevisté a Sam Waldron, y leí diversas críticas al continuacionismo. A través de todo esto me convencí cada vez más de que los dones milagrosos han cesado. Yo no podía ser continuacionista.

No soy continuacionista debido a mi comprensión de la Biblia. Veo que esos dones milagrosos fueron dados para un momento y propósito específicos: fueron dados para acreditar el mensaje del evangelio cuando recién comenzaba a difundirse y antes que la Biblia estuviera completa. Cuando ese momento y propósito llegó a su fin, también lo hicieron los dones. Esto se ve fácilmente cuando leemos el Nuevo Testamento mirando el momento en que se escribieron los distintos libros. Mientras que un libro temprano como 1 Corintios tiene mucho que decir acerca de los dones milagrosos, los libros posteriores tienen mucho menos que decir. De hecho, cuando Pablo le escribe a Timoteo no está esperando que Timoteo experimente un milagro y no le instruye que busque uno, sino que más bien prescribe una cura muy ordinaria para una enfermedad: «Toma también un poco de vino a causa de tu mal de estómago». El propio Pablo sufrió de dolor físico, pero no pudo recibir una cura milagrosa. Cuando leemos a través del Nuevo Testamento, vemos que estos dones disminuyen y cesan con el correr de las décadas.

En primer lugar, entonces, no soy continuacionista por razones bíblicas. Pero en segundo lugar, no soy continuacionista por razones relacionadas con la observación y la experiencia. Los dones milagrosos que veo y escucho en el movimiento carismático solo tienen la más básica similitud con los dones del Nuevo Testamento. Los milagros son internos y no verificables, las lenguas son angélicas más bien que reales, y la profecía es falible. No conozco ningún relato creíble del tipo de milagros dramáticos que vemos descritos en el Nuevo Testamento: la regeneración de un lisiado, la resurrección de un muerto en descomposición. Cualquier «milagro» del que escucho hoy no está ni cerca de ser tan dramático, visible e instantáneo como los que se describen en el ministerio de Jesús y sus apóstoles. No conozco a ningún cristiano que haya sido capaz de predicar el evangelio en un idioma que no conoce. Varias veces ha habido personas bienintencionadas que me han profetizado a mí o acerca de mí, pero siempre han sido vagas impresiones más que palabras de Dios con autoridad. Aun cuando discutimos el continuacionismo, necesitamos reconocer que lo que ha continuado es, cuando mucho, una mera sombra de lo que la Biblia describe.

No soy continuacionista y no creo que mi experiencia de la fe y la vida cristiana resulte afectada por ello. En lugar de enfocarme en el drama de lo milagroso, me alegro en la belleza de la providencia ordinaria de Dios. El gran drama que se despliega en, a través, y alrededor de nosotros es principalmente una historia de Dios actuando a través de su cuidadosa y constante providencia, sus medios de llevar a cabo su voluntad momento a momento.

Me gustaría dirigirte a dos recientes recursos que me han resultado útiles. El primero es un debate en inglés entre Sam Storms y Thomas Schreiner. Schreiner explica «Por qué soy cesasionista» y Storms explica «Por qué soy continuacionista». Ambos hombres explican su postura y supongo que podrás adivinar fácilmente quién me parece más convincente. El segundo recurso es esta excelente exposición de Phil Johnson en la que, en su inimitable estilo explica «Por qué soy cesacionista».

Ver más en Por qué no soy:

  1. Por qué no soy liberal
  2. Por qué no soy igualitario
  3. Por qué no soy arminiano
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