Por qué no soy igualitario

Me faltan solo dos artículos en esta serie que he titulado «Por qué no soy…». Cada semana describo por qué he rechazado algunas posturas teológicas en favor de otras y mi propósito no es tanto persuadir como explicar. Hay una historia detrás de cada postura que sostengo y cada uno de estos artículos relata una de esas historias. Ya he contado por qué no soy ateo, católico romano, liberal, arminiano, paidobautista, ni dispensacionalista. Hoy quiero contar por qué no soy igualitario.

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Debo comenzar con un par de definiciones clave. El igualitarismo es «la postura teológica de que no solo todos los seres humanos son iguales delante de Dios en su calidad de persona, sino que no existen limitaciones basadas en el género respecto a las funciones o roles que cada uno puede desempeñar en el hogar, la iglesia y la sociedad». Esta postura contrasta con el complementarismo, el cual «sostiene la postura teológica de que si bien hombres y mujeres han sido creados iguales en su ser y persona, están creados para complementarse mutuamente a través de roles distintos en la vida y en la iglesia»[*]. Ambas posturas afirman la absoluta igualdad de hombres y mujeres en su ser, personalidad, dignidad, y valor, pero difieren respecto a si existen roles y funciones distintos dados por Dios asociados con cada género, especialmente en lo que tiene relación con el hogar y la iglesia.

No soy igualitario y nunca lo he sido, pero eso no implica que no haya sido desafiado por las fortalezas de esa postura o los excesos de algunas definiciones del complementarismo. He examinado cuidadosamente lo que creo acerca de la hombría y la feminidad. He leído ampliamente, todo lo posible, con una mente abierta y la Biblia abierta. He analizado atentamente los textos bíblicos pertinentes. En tanto que he hecho todo esto, me he convencido cada vez más de la postura complementarista, pero también me preocupo cada vez más por aquellos que hacen mal uso de esta o abusan completamente de ella. En ese sentido, no solo he tenido que definirme como complementarista, sino definir qué tipo de complementarista soy.

Tengo que retroceder un poco. Aileen y yo crecimos en hogares canadienses de clase media tradicionales donde los papás proveían para sus familias mientras las mamás se enfocaban en atender el hogar y criar a los hijos. No escuchábamos a menudo palabras como «liderazgo» y «sumisión» pero las veíamos silenciosa y continuamente encarnadas en un contexto de amor y respeto mutuos. Yo crecí asistiendo a distintas iglesias y estas eran igualmente muy tradicionales en su comprensión de los roles complementarios de hombres y mujeres en el hogar y la iglesia.

Cuando Aileen y yo comenzamos a considerar nuestro futuro juntos, supusimos que seguiríamos patrones similares a los que habíamos experimentado en nuestra infancia. Según recuerdo, nuestra primera discusión real llegó cuando escogimos nuestros votos matrimoniales. Queríamos usar votos anglicanos tradicionales, principalmente debido a su orgullosa tradición y bella redacción. Pero tuvimos que discutir la palabra «obedecer». Estos votos me hacían prometer «amar y valorar» a Aileen mientras ella prometía «amarme, valorarme y obedecerme». Si bien no nos fascinaba la palabra «obedecer», tampoco teníamos fuertes objeciones contra ella ni deseábamos romper con la tradición. Esos son los votos que nos hicimos el uno al otro.

A pesar de nuestros votos, no tuvimos un gran comienzo como matrimonio complementarista, y estoy convencido de que esto fue en gran medida por mi culpa. Yo era pasivo e inmaduro y me intimidaba fácilmente por mi dulce esposa. Una pareja mayor nos había dicho que el rol de liderazgo del esposo implica algo más que ejercer su autoridad como una medida de desempate. Dado que rara vez discrepábamos acerca de algo relevante, no veía motivo ni oportunidad para liderar. Me tomó años entender que el liderazgo pasivo es una contradicción. Me tomó aún más tiempo entender que el liderazgo de un esposo no es en primer lugar una cuestión de desempatar o resolver impasses, sino una cuestión de ser el primero en amar, el primero en servir, el primero en arrepentirse, el primero en perdonar. El llamado a liderar es el llamado a mostrar una humildad como la de Cristo y un amor como el de Cristo. Si bien he fallado en esto demasiado a menudo, al menos se ha convertido en mi objetivo.

Hubo algunos libros que fortalecieron mis convicciones: Recovering Biblical Manhood and Womanhood, de John Piper y Wayne Grudem, fue uno que consulté muchas veces, mientras que Women’s Ministry in the Local Church, de Ligon Duncan y Susan Hunt, también resultaron especialmente útiles. También hubo otros, aunque ahora sus títulos se me escapan. Al mismo tiempo, fui desafiado por el crecimiento del movimiento del patriarcado bíblico y rápidamente me di cuenta de que en muchos sentidos va más allá de lo que enseña la Biblia y peligrosamente les quita poder a las mujeres. Si bien esto no remeció mi convicción sobre el complementarismo, sí me alertó respecto a una de las formas en que incluso la buena teología puede malograrse cuando traspasa los buenos límites de la Biblia. Hay peligros a ambos lados de la verdad.

¿Por qué, pues, no soy igualitario?

La primera razón por la que no soy igualitario es que creo que esta postura no logra resistir un serio análisis bíblico. Sin duda, puede prevalecer a nivel popular o emocional, pero no veo forma en que pueda sostenerse a nivel bíblico. La complejidad de palabras como ezer y frases como «sumisión mutua» son mucho más fáciles de resolver para los complementaristas de lo que es «no permito que una mujer enseñe o tenga autoridad sobre un hombre» para los igualitarios. La apelación de Pablo a la prioridad de Adán en el orden de la creación, el distintivo enfoque masculino en las calificaciones para un anciano, la extensa enseñanza sobre el matrimonio en Efesios 5, el profundo misterio y la metáfora dentro del matrimonio; todo esto plantea desafíos para los igualitarios que considero insalvables.

En segundo lugar, no soy igualitario porque el complementarismo se ha comprobado a sí mismo para mí. En el contexto de la comunidad cristiana, tanto Aileen como yo hemos podido ver e imitar a parejas y mentores piadosos. La teología que puede ser difícil de describir en lo abstracto suele manifestarse bellamente en la vida de otros cristianos. Y en nuestro propio matrimonio hemos visto que el complementarismo funciona, que pone orden, otorga coherencia, que nos libera a cada uno para servir al otro de formas que a todo el mundo le parecen consecuentes con el propósito de Dios. Podría ser que he aprendido más del complementarismo de Aileen que de nadie más simplemente por vivir estos veinte años junto a ella.

Soy complementarista, pero lo que es mucho mejor, somos complementaristas. Me apoyo en Aileen, busco su sabiduría, escucho su consejo. Dependo de ella alegremente sin avergonzarme, y no querría que fuera de otra forma. Entretanto, procuro guiarla buscando e imitando a Aquel que me guía a mí.

 

[*] https://www.theopedia.com/egalitarianism.

Ver más en Por qué no soy:

  1. Por qué no soy liberal
  2. Por qué no soy arminiano
  3. Por qué no soy continuacionista
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