Porque no saben lo que hacen

El 25 de diciembre celebramos los acontecimientos que marcaron el comienzo de la vida de Jesús: el anuncio angélico, la concepción virginal, el difícil nacimiento, las visitas inesperadas, las bendiciones proféticas. Pero al tiempo que recordamos que Jesús vino a vivir, también tenemos que recordar que Jesús vino a morir. Al pensar en su nacimiento, hacemos bien en pensar también en su muerte.

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Hace un tiempo, uno de mis patrocinadores en Patreon me preguntó si podía escribir acerca de algunas de las últimas palabras que dijo Jesús. Cuando estaba colgado en la cruz, o quizá incluso mientras le estaban hincando los clavos en su carne, él dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lucas 23:34). Kent Hughes establece adecuadamente el contexto: «El trauma cósmico había comenzado. Nunca había habido semejante dolor ahora que el mal físico y espiritual venían contra Jesús en una terrible conjunción. El cuerpo y el alma rehuían. El impacto inicial de la crucifixión lo había dejado paralizado y temblando. La incredulidad física gritaba desde los nervios lastimados. Y un horror espiritual aún más grande se acercaba: pronto él se convertiría en pecado». Este era un momento de grave injusticia, el momento más repugnante y retorcido de toda la historia humana, cuando el ser humano daba muerte a Dios. Uno esperaría que, en un instante de tamaña injusticia, en un instante de tan extremo sufrimiento, una persona clamara pidiendo venganza. «¡Padre, arrasa con ellos!». «¡Padre, no los tengas por inocentes!». Pero Jesús clama pidiendo perdón. «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».

¿Quién es el «ellos» de esta oración? ¿A quién desea Jesús extender perdón? Como mínimo, son los soldados romanos que se burlan de él y traspasan sus manos y pies con los clavos. Con toda probabilidad, también son los líderes religiosos que han convencido a los soldados de que realicen esta horrible tarea. De esa forma, es una palabra de perdón para la gente que exigió esta sentencia y una palabra de perdón para la gente que ejecutó la sentencia. Por extensión, es una palabra de perdón para ti y para mí, las personas que necesitaban tal sentencia. Porque sin nuestro pecado no habría habido necesidad de una encarnación ni de una crucifixión.

En las palabras de Jesús vemos su carácter. Jesús no se manchó con el pecado que nos arruina a ti y a mí. Siendo perfectamente perfecto, cada una de sus palabras y acciones era una expresión de su carácter intachable. Él fue un perfecto ejemplo de la obediencia y sumisión que Dios creó a la humanidad para que expresara y mostrara. Aun en su momento de tormento mostró su amor, su profundo deseo de darle gloria a su Padre.

En las palabras de Jesús vemos su propósito. Vemos que Jesús vino a traer perdón para personas como tú y yo, personas que habían pecado, que ameritaban el justo juicio de Dios. Aun aquí, en la cúspide de su dolor, Jesús recuerda y revela su propósito. «Porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido» (Lucas 19:10). Vino a buscarlos y salvarlos hasta el final.

En las palabras de Jesús vemos su voluntad. Vemos su voluntad de perdonar. Lo que sea que aprendamos, debemos aprender esto: Jesús está dispuesto y ansioso por que este Padre perdone incluso a aquellos que cometieron esta gran injusticia, aquellos que lo torturaban de manera injusta, inicua y grotesca. Jesús es como su Padre, quien «no quiere que nadie perezca, sino que todos se arrepientan» (2 Pedro 3:9).

Las palabras de Jesús no absuelven de toda culpa a los soldados y líderes religiosos, pero sí demuestran que ellos no comprendían el revolucionario significado de lo que estaban haciendo. Sus palabras implicaban que todavía podía haber perdón para ellos y que no habían pecado más allá de toda esperanza de recibir gracia y perdón. Al ver su disposición a perdonar aun a sus verdugos, debemos ver su disposición a perdonarnos a nosotros. Philip Ryken lo dice acertadamente: «Las palabras del Salvador demostraron su propósito redentor al morir en la cruz. Si Jesús estaba dispuesto a que el Padre perdonara a los mismísimos hombres que lo mataron, entonces, ¿qué pecador está fuera del alcance de su misericordia? Sin duda, cualquiera que se arrepienta será salvo. Cuando sus enemigos dijeron “¡crucifícalo!”, Jesús dijo “perdónalos”, y un hombre que dice eso está dispuesto a perdonar a cualquiera, incluso a personas como nosotros, sin importar lo que hayamos hecho, con tal de que vengamos a él con fe». ¿Has venido a él con fe? Si él está dispuesto a recibirlos a ellos, está dispuesto a recibirte a ti.