¿Qué ocurre con los niños que mueren?

¿Qué ocurre con los pequeños que mueren? Esta es una cuestión que casi todos los cristianos enfrentan en algún punto de su peregrinación, y es una para la cual no hay respuesta fácil. Más aún, un examen de los escritos de los grandes cristianos del pasado o el presente no produce un consenso claro. Estas son las posturas predominantes entre los creyentes:

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Todos los niños que mueren en la infancia son salvos. Si hay una postura que tiene una ventaja sobre las demás en cuanto a número de adherentes, probablemente sea esta. Aunque todos admiten que la Biblia no es explícita aquí, creen que se puede deducir de un estudio de los pasajes pertinentes de la Escritura.

Los hijos de los creyentes son salvos. Esta postura, sostenida por una minoría de los creyentes, depende de una creencia en la teología del pacto y sostiene que los hijos de los creyentes son llevados al cielo; no hay una posición clara acerca de lo que sucede con los hijos de los incrédulos.

No podemos tener seguridad. Esta postura simplemente plantea que no hay suficiente evidencia en la Escritura para tomar una determinación firme. Finalmente debemos afirmar que simplemente no lo sabemos y dejar que Dios lo resuelva.

Los niños no bautizados no son salvos mientras que los bautizados sí lo son (o pueden serlo). Esta es la postura de la iglesia católica romana y las denominaciones protestantes que enseñan cierta forma de regeneración bautismal. Puesto que esta postura choca con las creencias de la gran mayoría de los protestantes, no la abordaré en esta ocasión.

Postura 1: Todos los niños que mueren en la infancia son salvos

Como dije anteriormente, esta parece ser la postura predominante en los círculos cristianos, tanto evangélicos como reformados. Entre los que sostienen esta postura están R. C. Sproul, John MacArthur, John Piper, B. B. Warfield y Charles Spurgeon.

Esta postura enseña que Dios, en su gracia, elige salvar a todos los que mueren en la infancia. Aunque los adherentes afirman la gravedad del pecado original y reconocen que todos los infantes han heredado una naturaleza pecaminosa de Adán, también enseñan que Dios extiende una gracia especial a estos pequeños. Sproul dice que los niños que mueren reciben una dispensación especial de la gracia de Dios; no es por su inocencia sino por la gracia de Dios que son recibidos en el cielo (ver ¡Qué buena pregunta!). La naturaleza pecaminosa, entonces, no es motivo suficiente para que Dios condene al niño, porque donde la salvación es por gracia, la condenación es por obras.

John MacArthur, en su libro Seguro en los brazos de Dios, señala que la Biblia se refiere continuamente a los habitantes del infierno como aquellos que voluntariamente cometen pecado y rebelión. Él cree que Dios no condena a los niños porque: no tienen una rebelión o incredulidad voluntaria; nunca han detenido la verdad; no entienden el impacto o las consecuencias del pecado; no tienen una conducta corrupta; y no tienen la capacidad de escoger la salvación. MacArthur concluye que no hay ningún lugar en la Escritura donde una persona sufra el juicio de la condenación sobre la base de algo distinto a los actos pecaminosos, incluido el acto pecaminoso de la incredulidad, que es una decisión consciente, voluntaria e intencional de no creer.

John Piper, luego de reconocer la presencia y la importancia del pecado original, dice que si a una persona le falta la capacidad natural de ver la revelación de la voluntad de Dios o la gloria de Dios, entonces el pecado de esa persona no permanecería: Dios no llevaría a la persona al juicio final por no creer en aquello que no tenía la capacidad natural de ver. En respuesta a Romanos 1, que habla de la revelación de Dios a través de la naturaleza, la cual deja sin excusa a aquellos que nunca han escuchado el evangelio, Piper dice que si una persona no tuvo acceso a la revelación de la gloria de Dios —no tuvo la capacidad natural de verla y entenderla—, entonces Pablo implica que ellos tendrían una excusa en el juicio. Él concluye:

Para nosotros, el punto es que, aunque los seres humanos estamos bajo el castigo del juicio y la muerte eternos a causa de la caída de nuestra raza en el pecado y la naturaleza pecaminosa que todos poseemos, no obstante, Dios solo ejecuta este juicio sobre aquellos que tienen la capacidad natural de ver su gloria y entender su voluntad, y rehúsan recibirla como su tesoro. Los infantes, ceo yo, aún no tienen esa capacidad; por lo tanto, en el inescrutable camino de Dios, él los lleva a la sangre perdonadora de su Hijo.

Postura 2: Los hijos de los creyentes son salvos

Esta postura es sostenida por muchos creyentes reformados, especialmente los que creen firmemente en la teología del pacto. Ellos creen que la Escritura enseña que Dios sigue obrando a través de los pactos, muy similar a como lo hizo en tiempos del Antiguo Testamento. Así como Dios hizo un pacto con Abraham que no solo se extendía a él sino a sus hijos, y así entro también en una relación con Abraham e Isaac; del mismo modo, él aparta para sí a los hijos de los creyentes de hoy.

Esta es la postura de los escritores de Los Cánones de Dort, que dice:

Puesto que debemos juzgar la voluntad de Dios por medio de Su Palabra, la cual atestigua que los hijos de los creyentes son santos, no por naturaleza, sino en virtud del pacto de gracia, en el que están comprendidos con sus padres, por esta razón los padres piadosos no deben dudar de la elección y salvación de los hijos a quienes Dios quita de esta vida en su niñez.

Si bien aquí se habla de la salvación de los hijos de los creyentes, no habla de los hijos de los incrédulos.

La Confesión de Fe de Westminster toma una postura ligeramente distinta, y elige no mencionar explícitamente el pacto.

Los niños elegidos que mueren en la infancia, son regenerados y salvados por Cristo por medio del Espíritu, quien obra cuando, donde y como quiere. En la misma condición están todas las personas elegidas que sean incapaces de ser llamadas externamente por el ministerio de la palabra.

La pregunta que puede surgir en respuesta a esta pregunta es, ¿quiénes son los niños elegidos? Creo que los autores responderían de un modo similar a los Cánones de Dort, indicando que los padres creyentes pueden tener seguridad mientras que los padres incrédulos no pueden tenerla.

Postura 3: Sencillamente no se nos dice

Sorprendentemente, pude encontrar escaso apoyo oficial para esta postura. Es sorprendente porque generalmente, cuando la Escritura no declara explícitamente una doctrina, los cristianos son lentos para especular. Parecería que esta postura requiere la mínima cantidad de especulación. Herman Bavinck creía que no podemos tener seguridad, y dijo: «No deseo negar, ni soy capaz de afirmar». Cornelius Venema concuerda, diciendo que es preferible la cautela antes que la confiada negación o afirmación de esta posibilidad.