¿Qué perdería si perdiera la adoración?

¿Te imaginas tu vida sin adoración? ¿Te imaginas tu vida sin reunirte regularmente con el pueblo de Dios para adorarlo juntos? La adoración congregacional es uno de los grandes privilegios de la vida cristiana. Y quizá sea uno de esos privilegios que con el tiempo damos por sentados. Cuando me detengo a pensar al respecto, no puedo imaginar mi vida sin ello. Ni lo quiero. Pero supongo que vale la pena considerarlo: ¿qué perdería si perdiera la adoración?

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Vivimos en una cultura consumista donde tendemos a evaluar la vida en formas muy egoístas. Incluso lo hacemos con la adoración. «El sermón no me habló hoy realmente. No pude involucrarme en las canciones de esta mañana. Esa lectura de la Biblia fue un poco larga en mi opinión». Cuando hablamos de esta forma, tal vez estamos demostrando que venimos a la iglesia como consumidores, personas que quieren ser servidas en lugar de servir.

No obstante, el sentido y propósito primordial de adorar a Dios es su gloria, no la satisfacción de nuestras necesidades. Adoramos a Dios con el fin de glorificar a Dios. Dios es glorificado en nuestra adoración. Él es honrado. Es engrandecido a la vista de aquellos que nos acompañan.

De esta forma, la adoración contraría totalmente el consumismo y exige que yo adore por causa de él y para su gloria. He oído decir que «la adoración es el arte de perderse uno mismo en la devoción hacia otro». Y así es precisamente. Olvido todo acerca de mí y le doy a él todo honor y gloria.

¿Qué perdería al no tener adoración? Perdería la oportunidad de crecer al escuchar un sermón y experimentar el gozo de cantar grandes himnos. Perdería la oportunidad de unirme a otros cristianos en oración y de recitar grandes credos con ellos. Pero más que cualquier otra cosa, perdería la oportunidad de darle gloria a Dios. Si dejara de adorar, descuidaría un medio por el cual puedo darle gloria.

¿Lo ves? La adoración no se trata de ti o de mí. La adoración se trata de Dios. Y esto realmente lo cambia todo.

Cuando veo la adoración como algo que finalmente existe para mi bien y mi satisfacción, es fácil tomarse un día libre, pensar que mi presencia no marca ninguna diferencia. Pero cuando vengo a darle gloria a Dios, entiendo que nadie más puede ocupar mi lugar. Dios pretende que yo eleve mis manos, eleve mi corazón, eleve mi voz a él.

Cuando veo la adoración como algo que en realidad se trata de mí, es fácil saltar de iglesia en iglesia, estar siempre buscando la más adecuada para mí. Pero cuando veo la iglesia como algo que realmente se trata de Dios, me encuentro buscando la iglesia que sea más pura y excelente en adorar exactamente como la Biblia exige: busco la iglesia mediante la cual pueda darle la mayor gloria.

La adoración es un privilegio, sin duda. Pero también es un deber, una responsabilidad. Y la mayor responsabilidad y el mayor privilegio de adorar es darle gloria a Dios.