«¡Sáquenla y quémenla!»

«¡Sáquenla y quémenla!». Esta dramática sentencia judicial me conmueve cada vez que la leo. Y después de una larga familiaridad, se ha convertido en uno de mis pasajes favoritos de la Biblia. Sé que es extraño. Pero no es favorito en el sentido de que lo recomiende como un versículo para la vida, o un tatuaje, o para escribirlo en una tarjeta de saludo. Es favorito en el sentido de que habla con tanta verdad acerca del estado de la humanidad. Y habla con tanta verdad acerca de la manera en que Dios redime la oscuridad para sus buenos propósitos.

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Veamos el contexto. Judá se ha casado con una mujer cananea, y con ella tuvo tres hijos. Han pasado los años, y el mayor, Er, tomó a Tamar por esposa. Pero Er es tan profundamente malvado que Dios le da muerte, y su novia pasa a Onán, el hermano del medio. Onán es peor que Er, y también es juzgado y muerto por Dios. Ahora bien, según la costumbre, Tamar debía casarse con Selá, el bebé de la familia. Judá promete que esto sucederá cuando Selá tenga edad suficiente. Pero pasan los años y se hace evidente que esta es una promesa que no pretende cumplir. Supongo que para él es más fácil ver a Tamar como un amuleto de mala suerte que admitir la maldad de sus propios hijos. Tamar está destinada a sufrir el dolor y la vergüenza de no tener hijos. ¿O no?

Tamar trama un plan. Según los principios de la cultura, ella tiene derecho a tener un hijo de Selá, pero dado que Judá no quiere concederle el derecho, ella encontrará la forma de ganárselo por sí misma. Al saber que Judá acaba de perder a su esposa y quizá está ansioso por hallar algún «consuelo», Tamar se viste de prostituta (incluyendo un velo para cubrir su identidad). Ella espera a que él pase, y ciertamente lo hace. Él la avista, le hace una oferta, ella acepta, y se va adentro con ella.

Tamar pronto se dio cuenta de que estaba embarazada, y no pasa mucho tiempo antes de que los demás también lo noten. La gente del pueblo estaba alborozada con la noticia de su gran inmoralidad, y el informe no tardó en llegar a Judá: «Tu nuera Tamar se ha prostituido, y como resultado de sus andanzas ha quedado embarazada». Es en este contexto que Judá hace un juicio apresurado: «¡Sáquenla y quémenla!». Pero Tamar ríe último. Ella tiene pruebas de que el padre de su hijo no es otro que su suegro. Él no puede atribuirse ninguna autoridad moral. De hecho, se ve obligado a admitir: «Su conducta es más justa que la mía».

Cuando leo esta historia cada enero (como parte de mi plan de lectura anual de la Biblia) y en diversos otros momentos, veo una gran imputación, no solo a Judá, sino a toda la humanidad. Esto es parte de lo que veo.

Vemos tan claramente el pecado de otras personas y el nuestro tan opacamente. Desde una gran distancia y con un mínimo de información podemos juzgar la menor transgresión de otra persona. Sin embargo, podemos hurgar en nuestro corazón y mente y a menudo apenas encontramos un punto donde somos menos que perfectos. Lo que vemos muy bien en otros simplemente no lo vemos en nosotros.

Vemos el pecado de otras personas como algo tan grave, y el nuestro como algo tan insignificante. Juzgamos las acciones de los demás con la medida más severa, pero tratamos las nuestras con la más blanda. A fin de cuentas, tendemos a tomarles cariño a nuestros pecados, y especialmente a los pecados que más nos asedian. Pero mientras tanto, detestamos los pecados de los demás, y especialmente los pecados que nos molestan, nos perjudican o nos incomodan.

Queremos que los demás actúen con paciencia y comprensión hacia nuestro pecado, aunque nosotros actuamos ásperamente hacia los suyos. Podemos dar incontables excusas por el hecho de que el pecado aún permanece en nuestro interior. Podemos describir un largo y feliz avance en el cual le hemos dado muerte a un pecado lenta pero progresivamente. No obstante, a los demás les exigimos que den muerte a su pecado hoy mismo. Ahora mismo. El lento progreso que nos anima en nuestra propia batalla contra el pecado nos exaspera en la de otra persona.

Hay mucho más que se podría decir, quizá acerca de la negativa de Judá a responsabilizarse por Tamar cuando ella estaba fuera de la vista de la gente, pero su salto a la acción cuando el pecado de ella amenazaba con causarle a él vergüenza. No obstante, vale la pena señalar que la Biblia no emite un juicio sobre ninguno de ambos personajes. No condena ni respalda las acciones de Tamar. Pero sí cuenta el final feliz de la historia cuando ella da a luz no a uno sino a dos hijos. Se trata de un final aún más feliz de lo que ella misma podría haber esperado, porque su nombre aparece en la genealogía de Jesucristo cuando registra: «Judá, padre de Fares y de Zera, cuya madre fue Tamar». Dios sacó bien del mal, bendición de la injusticia.