¿Te miraste hoy al espejo?

Mirarse al espejo de vez en cuando tiene algo reconfortante. No es tanto un asunto de mirar el propio reflejo como de buscar aquellas cosas que no están en su lugar, las cosas que no corresponden, las cosas que uno no quiere ver en el reflejo: el perejil entre los dientes, la mancha de chocolate en el mentón, los cabellos apuntando en direcciones incorrectas. No hay que estar obsesionado con la imagen para entender la importancia de una mirada ocasional en el espejo como una forma de protegerse de la incomodidad y el bochorno.

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Probablemente el espejo sea una de mis metáforas bíblicas favoritas: la Biblia como espejo. He reflexionado y escrito muchas veces acerca del valor y el propósito de ese espejo tal como lo vemos en la descripción de Santiago.

No se contenten solo con escuchar la palabra, pues así se engañan ustedes mismos. Llévenla a la práctica. El que escucha la palabra, pero no la pone en práctica es como el que se mira el rostro en un espejo y, después de mirarse, se va y se olvida en seguida de cómo es. Pero quien se fija atentamente en la ley perfecta que da libertad, y persevera en ella, no olvidando lo que ha oído, sino haciéndolo, recibirá bendición al practicarla (1:22-25).

Santiago presenta la Biblia como una clase de espejo que refleja el corazón. Así como el espejo en la pared refleja al hombre exterior, el espejo de la Palabra de Dios refleja al hombre interior. Por este motivo, cada cristiano necesita observar el espejo de la Palabra para evaluar el estado de su corazón. Este no es un vistazo de una sola vez, sino una mirada regular. Necesitamos estudiar la imagen que se refleja para entender quién y qué somos realmente. La Palabra de Dios tiene la capacidad única de dar claridad a lo que Dios demanda y espera de nosotros. Desenmascara nuestro pecado, nuestra rebelión, nuestra necedad, nuestra inmadurez, nuestra idolatría. Exhibe el pecado que permanece, el pecado que tiene que ser desarraigado para que podamos conformarnos cada vez más a la imagen de Cristo. Somos necios si no nos hacemos el hábito diario de mirar este espejo.

Lo que se me ha estado viniendo a la mente en los últimos meses no es solo el valor de observar este espejo, sino el valor y el desafío de creer lo que veo allí. Es muy fácil mirar y dudar, mirar y negarlo. Pero si la Palabra de Dios es buena, pura, santa y perfecta, si la Palabra de Dios realmente es de Dios, entonces es absolutamente confiable. Esto significa que no es solo una cuestión de mirar, sino de mirar y creer. Tengo que confiar en lo que veo ahí. Tengo que confiar en este espejo más de lo que confío en mis propios ojos, en mi propia evaluación. Tal vez no me guste lo que veo, tal vez no concuerde con lo que veo, pero tengo que creerlo. Tengo que creer que así como el espejo colgado en la pared es un retrato preciso de lo exterior, el espejo de la Palabra es un retrato preciso de lo interior. Tengo que creer que la Biblia refleja el estado de mi corazón con mayor precisión de lo que el espejo en mi baño refleja el estado de mi cuerpo.

Es un privilegio tener la Palabra de Dios, tener el espejo de Dios. Es una alegre responsabilidad mirar en él, estudiar el reflejo, creer lo que veo, y actuar. Es una alegre responsabilidad agradecerle a Dios por lo que veo ahí de la imagen de Cristo y una igual responsabilidad buscar su perdón y procurar el arrepentimiento en todas aquellas áreas donde no veo la imagen de Cristo. El espejo es una oportunidad de mirar y agradecer, mirar y arrepentirse, mirar y cambiar.