Tú, sí, tú, ¡eres un ministro!

A veces la verdad de Dios llega a nuestra vida como un suave susurro. A veces llega como una granada de mano. ¿Has tenido esos momentos? Un día uno escucha un sermón, o tiene una conversación con un hermano de la iglesia, o quizá un amigo nos confronta con algún pecado que ha visto en nuestra vida, y de pronto pareciera que algo estalló en el interior. De pronto uno ve un pecado que nunca antes había identificado, o ve un área de debilidad y sabe que Dios lo está llamando a tratarlo, o uno se siente abrumado por la convicción de que es tiempo de abordar esa área de apatía espiritual. La Palabra de Dios es poderosa.

En el libro de Romanos, Pablo habla del poder de la Palabra de Dios de una forma que podemos pasar por alto con mucha facilidad. En Romanos 15:14 le dice a la congregación que él amaba: «Por mi parte, hermanos míos, estoy seguro de que ustedes mismos rebosan de bondad, abundan en conocimiento y están capacitados para instruirse unos a otros». Cuando Pablo dice que estos hermanos están capacitados para instruirse unos a otros, en realidad está diciendo que ellos son poderosos para instruirse unos a otros. Tenían la capacidad, pero mejor aún, tenían el poder. Tenían todo lo necesario para remecerse la vida unos a otros con la verdad de Dios.

Pablo dice que estas personas en Roma eran poderosas para instruirse unas a otras. Instruirse unos a otros es enseñar, alentar, desafiar, capacitar, aconsejar. Pero es más que eso. Es hacer todo esto a partir de la Biblia y con la autoridad de la Biblia. No es solo dar un buen consejo, sino comunicar la verdad de Dios tal como está registrada en la Palabra de Dios. Es aplicar las palabras de Dios a situaciones o circunstancias específicas. El poder en las palabras es el poder de la Palabra.

Instruirse unos a otros son cien formas distintas de simplemente aplicar la verdad de Dios. A veces esto lo hace un pastor que predica un sermón que llama a las personas a alejarse de la mala conducta y seguir una conducta recta. No obstante, mucho más a menudo ocurre en el contexto de la vida normal, cuando un cristiano interactúa con otro. Sucede cuando alguien anima a un amigo a simplemente seguir adelante, a continuar practicando las disciplinas espirituales. Sucede cuando una hermana de la iglesia se pronuncia para contar lo que Dios le ha estado enseñando de su Palabra. Sucede cuando un hermano se sienta con otro para animarlo con un pasaje de la Escritura. Tendemos a pensar que esto corresponde a la responsabilidad de los pastores, y así es. Pero no es una tarea solo de los pastores. Este tipo de instrucción es la tarea de todo cristiano. Todos estamos llamados a ser ministros.

¿Sabías que eras ministro? La palabra «ministro» no es el nombre de un cargo. Es una acción. Un ministro simplemente es alguien que atiende a otra persona. Se ministra salud a una persona lastimada vendando sus heridas. Su título es «doctor» pero su labor es ministrar salud. Se ministra consuelo a una niña adolorida tomándola y abrazándola. Su título es «mamá», pero su labor es ministrar consuelo. Y tú ministras la verdad a los demás aplicando la Palabra de Dios a sus vidas y circunstancias. Tu título es «cristiano» y tu labor es ministrar la verdad.

Esta es una labor de cada creyente. Una de las grandes alegrías y responsabilidades de la vida cristiana es abrir la Biblia con otras personas y mostrarles lo que Dios dice. En la iglesia hay mucho más ministración por hacer que la que pueden hacer los pastores pagados o incluso los ancianos. ¡Tu iglesia necesita que ministres la Palabra! Sí, necesitamos pastores y consejeros capacitados. Ellos tienen un sitio. Pero esto es en primer lugar el ministerio de cada creyente, el ministerio de cada miembro.

Cuando Pablo elogia a la iglesia en Roma por su capacidad para instruirse unos a otros, en realidad los está elogiando por su capacidad para ministrarse la Palabra de Dios unos a otros. Ellos amaban a Dios, conocían a Dios, honraban a Dios, así que eran capaces de ministrarse la Palabra de Dios unos a otros de formas efectivas. Y al hacerlo, aportaban unidad a la iglesia y crecían juntos hacia la madurez. No sorprende, entonces, que Pablo pudiera decirle a esta iglesia: «Doy gracias a mi Dios por medio de Jesucristo por todos ustedes, pues en el mundo entero se habla bien de su fe» (Romanos 1:8).

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en Challies.com.

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