Reseña: Radical, de David Platt

Todo lo que David Platt está vendiendo, la gente lo está comprando. En el último conteo, había 750.000 copias de Radical impresas y había estado en la lista de éxitos de ventas del New York Times (sección «Paperback Advice») durante 52 semanas. ¡Un éxito no menor! Para ser franco, es el tipo de éxito que todo autor sueña.

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Radical

Radical es un libro acerca de escapar de la depresión del sueño americano. El sueño americano (un sueño compartido por gran parte del mundo occidental desarrollado y, por lo tanto, igualmente aplicable a este canadiense) nos llama a la complacencia, a una vida de comodidad y relajo. Vivimos en grandes casas y conducimos bellos autos y adoramos en iglesias de millones de dólares construidas a la medida del cliente en torno a todos nuestros programas favoritos. Donamos un poco de nuestra riqueza (el tipo de riqueza con la que gran parte del mundo solo puede soñar) pero en general vivimos en gran comodidad. Ocasionalmente nos motivamos por imágenes de niños que mueren de hambre o por historias de la obra de Dios en otros países. Pero pronto nos olvidamos y seguimos con nuestra vida, aumentando nuestros portafolios y llenando nuestro hogar de cosas.

Todo es muy aburrido. Nacemos en medio de riqueza (al menos comparados con el resto del mundo), vivimos vidas de riqueza, y luego morimos, dejando nuestra riqueza a otra generación.

Sobre este trasfondo, no cuesta mucho ser estimulado, lograr que los cristianos quieran despertar y hacer algo mejor, algo que parezca más significativo. Incluso algo radical. Aquí es donde entra David Platt y donde cientos de miles están bebiendo su mensaje con entusiasmo.

Antes de comenzar a leer Radical, supuse que era solo otro libro de una larga lista de títulos que edificarían sobre un fundamento teológico tambaleante. Me alegró descubrir que una de las grandes fortalezas de Radical es que está firmemente cimentado en el evangelio. Platt dedica una buena cantidad de tiempo a analizar el evangelio, el verdadero evangelio, y llama al lector a adoptarlo y vivir como si fuera verdad. Y luego, sobre la base de ese evangelio, llama al lector a hacer lo que es radical, a abandonar el sueño americano, un sueño que está tan vivo dentro de la iglesia como fuera de ella. Es un potente mensaje que llega a oídos ansiosos.

A lo largo del libro, Platt intenta mostrar que los cristianos han sido atraídos por ese sueño americano y cómo ese sueño ha influido en nuestra teología y práctica: «En muchas áreas hemos adoptado ciega e inconscientemente valores e ideas que son comunes en nuestra cultura pero son contrarios al evangelio que enseñó Jesús». Él admite que tiene más preguntas que respuestas, y que percibe muchas incongruencias en su propia vida, una humildad que le hace bien. Ni el autor ni el lector ignoran que Platt es un pastor de una megaiglesia que vive en el mismo relativo lujo que la mayoría disfrutamos.

Para cuando hayas terminado Radical, estarás cargado. Estarás listo para vender tu casa, ceder tu auto, ir al otro lado del mundo, deshacerte del sueño americano a fin de viajar por el mundo a hacer labor misionera. Pero este es el asunto: más vale que lo hagas rápidamente, porque un par de semanas después probablemente habrás vuelto a la normalidad, a lo ordinario.

Platt te dejará totalmente entusiasta. Eso es bueno, al menos puede serlo. Pero en medio de todo el entusiasmo, me preocupa la fatiga del entusiasmo. Después de todo, Radical está lejos de ser el único libro de esta clase, la que pretende sacudir a la iglesia occidental, lograr que la iglesia haga algo más, algo, digamos, radical. Si uno lee Haz cosas difíciles, Loco amor, Radical, y todos los demás, cada vez se pondrá ansioso. Pero la realidad es que, para la gran mayoría de nosotros, nuestra vida no lucirá muy distinta dos semanas, dos meses o dos años más tarde.

No es tanto que los libros sean malos como que nos dan poco con lo cual trabajar en tanto que pasamos de la fantasía a la realidad, de lo abstracto a lo personal. En medio de la lectura de un libro es muy fácil decir: «Me voy a desprender de todo». Pero luego uno se da cuenta de que la esposa no ha leído el libro y no está tan entusiasta. Y luego uno se da cuenta de que tiene hijos, y llevarlos al otro lado del mundo tendría un profundo efecto sobre ellos. Y luego uno se da cuenta de que han pasado seis meses y aún no ha hecho nada. De hecho, el entusiasmo ha pasado y se da cuenta de que la vida no es tan mala. Puede que quede algo de culpa, pero te has dado cuenta de que sencillamente no es tan fácil salir de todo esto. Tampoco queda convicción de que sea realmente necesario.

Así que supongo que tengo varias inquietudes con este libro, inquietudes que surgen del hecho de que está bien escrito, construido sobre un fundamento evangélico y es muy atractivo y emocionante. Estas no son inquietudes que equivalen a «¡no lo leas!», sino inquietudes que me hacen preguntarme si disfrutamos leer estos libros más de lo que nos gusta llevarlos a la práctica.

Primero, creo que nuestros intentos de vivir radicalmente pueden ignorar la preocupación de la Biblia de que seamos radicalmente piadosos en carácter. Sin duda estoy llamado a vivir de manera sacrificial y generosa. No obstante, mi primer llamado es conocer a Dios, ser moldeado por él, y sobre esa base predicar el evangelio y vivir como si fuera verdadero. Estoy llamado a hacer todo esto precisamente donde el Señor me ha puesto. Esto significa que hay gran dignidad y valor en hacer cualquier cosa que quiera hacer, me guste hacer, y al hacerla pueda honrar a Dios. No todos necesitamos ser misioneros y evangelistas en el extranjero; no todos necesitamos mudarnos a países lejanos. Podemos (¡y debemos!) honrar primordialmente a Dios en todo lo que él nos haya dado que hacer. Me preocupa que cuesta leer este libro y creer su mensaje, y no sentir que la vida normal deshonra a Dios. Quizá necesitemos recuperar una mejor doctrina de la vocación antes que estemos listos para el mensaje radical. Quizá necesitamos ser fieles en nuestros propios barrios antes de creer que seremos fieles en otras cosas.

Segundo, creo que haríamos bien en lidiar con algunas de las preguntas difíciles de la economía. Esta es una de las grandes tensiones de vivir en este lugar del mundo. Una mensualidad de 300 dólares suena vergonzosa si uno considera que para mucha gente esa suma de dinero es con la que viven un año. Pero es igualmente real que necesitamos autos y eso es lo que cuestan en nuestro contexto. Puede que nos sintamos malos por gastar 20.000 dólares en un auto; pero eso es simplemente lo que cuesta un auto. La solución simple es conducir autos destartalados y enviar todo el dinero que podamos a las misiones extranjeras. Pero no es tan simple. Los países del tercer mundo no necesitan dinero; necesitan infraestructura económica que pueda generar riqueza. Ayudar a los pobres no es tan simple como darles dinero —algo que debemos tener en cuenta cuando se nos acerca un mendigo en la calle. Este es el tipo de cosas con las que me encuentro lidiando.

Quizá es por esto que Platt dice que tiene más preguntas que respuestas. Al final de todo esto, me pasó lo mismo. Me encanta el llamado a la vida radical y creo que la iglesia occidental haría bien en ser remecida. Es solo que no estoy convencido de que este libro y otros similares nos estén ayudando a responder las preguntas más difíciles. Pero una vez más, creo que eso está bien. Me encanta un libro que me haga afrontar las preguntas difíciles, aun si cuesta dar con las respuestas.

La lectura de Radical tiene un valor genuino, de eso estoy seguro. Pero quizá sea mejor no leerlo si ya has leído varios otros libros de la misma línea. Quizá sería mejor volver a aquellos libros y preguntar: «¿Qué he hecho realmente al respecto?». Tarde o temprano, o tenemos que ponernos en acción, o bien resolver si quizá necesitamos ser radicales de un modo totalmente distinto. Si lo principal que te queda de Radical es un breve entusiasmo seguido de una prolongada culpa y apatía, entonces o el mensaje está equivocado o tu aplicación de este está equivocada.